miércoles, 24 de abril de 2019

ECO.45 LA JUDÍA DE TOLEDO

Nuestras lecturas: La judía de Toledo, por A.F.García



Esta novela tiene un encanto especial y quienes la habíamos leído ya hace unos cinco años no nos gustó menos esta segunda vez. Más que hacer un resumen me gustaría reflejar algunas consideraciones sobre tres planos fundamentales, que considero como el esqueleto de la obra: el socio cultural; el histórico y la trama novelesca.

Lion habla en un lenguaje que trasmite admiración y entusiasmo de la Hispania de ese periodo de las tres religiones y tres culturas.

La invasión musulmana hizo una sociedad más avanzada, culta, organizada, rica y tolerante que la anterior en Hispania y los reinos europeos de la época. La Córdoba califal es la gran capital de Europa. El Andalus dispone de una moderna agricultura intensiva con regadío. Se desarrolla la industrial artesanal de la piel, los tejidos, la joyería. La construcción no había tenido igual desde los romanos.

Se estudia y comenta la filosofía griega, se traducen los tres grandes libros religiosos: el Gran Libro, la Biblia y el Corán. Se desarrolla la medicina y se extiende el uso del papel…, así como el cálculo geométrico y la numeración arábiga. Las grandes ciudades disponían de escuelas y bibliotecas cual no había habido desde Alejandría.

Como cortapisas a esta situación, especialmente buena para los judíos, que no habían tenido equivalente desde que habían dejado de ser un estado, vienen las invasiones de almorávides y almohades desde el norte de África, por parte musulmana. Las cruzadas, de inspiración pontificia, se extienden por la Europa cristiana.

La línea política está vertebrada, en el desarrollo de la obra, sobre las principales monarquías de Europa y su red de alianzas matrimoniales. Alfonso está casado con Leonor Plantagenet, por lo que es yerno de Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania y por lo tanto, cuñado de Ricardo Corazón de León. Añádase Pedro II de Aragón, Felipe II Augusto, de Francia, y Federico I Barbarroja, del Sacro Imperio. Alfonso, Leonor, los padres de ésta y Pedro II forman el núcleo o esqueleto del aspecto histórico de la narración, que intentaré completar y corregir en algún detalle.

Alfonso VIII (1155-1214) reinó desde los tres años, bajo la tutela de los Lara hasta 1169 y después con pleno poder. Se apoyó en Alfonso II, rey de Aragón y conde de Barcelona, frente a los reyes de Navarra y León, de los que hubo de recuperar territorios. Sufrió dos grandes derrotas frente a los almohades, 1177 y 1195. La descripción del autor en ésta última es muy detallada. El ejército musulmán, muy superior en número, con una maniobra envolvente, destroza la caballería castellana.

Este rey no tiene herederos varones hasta muy tarde; pero sitúa estratégicamente a sus hijas, con la hábil participación de su esposa y su astuta suegra: Blanca se casa con el futuro Luis VIII de Francia, será reina consorte y regente hasta la mayoría de edad del futuro Luis IX, San Luis.

Doña Urraca se casa con Alfonso II de Portugal. El error del autor está en Doña Berenguela que la casa con el heredero del reino ya unido de Aragón y Cataluña, Pedro II el Católico, que, en realidad, se casa con María de Montpellier, para heredar la Provenza y de ellos nacerá el futuro Jaime I, el Conquistador.

Berenguela, llegó a estar prometida con Conrado, uno de los hijos de Federico I de Alemania; pero el matrimonio no se consolidó. Se casaría con Alfonso IX de León, anulado su primer matrimonio. Este segundo también sería anulado por el papa Inocencio III.  Esta mujer, que ha de volver a Castilla con sus hijos, será regente de este reino en la minoría de edad de Enrique I, su hermano, que muere a los doce años, y logra unir Castilla y León en la persona de su hijo Fernando, futuro Fernando III el Santo, no sin una gran dosis de habilidad y energía.

En todas las novelas históricas que hemos leído aparece el amor de hombre y mujer como color de fondo del relato. Pienso que es el fondo insoslayable de toda obra narrativa. A principios de año hemos leído, con deleite unánime del grupo, “El amor en tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez.

El grado de sentimiento y refinamiento en la  relación amorosa entre el rey y la joven judía alcanza todo lo imaginable. Son los enamorados absortos y compenetrados, para los que el tiempo vuela cuando están juntos y se hace eterno cuando están separados. Lo presenta Lion como una sublimación.

Eso ocurre sin que sin que ninguno de ellos deje de ser el que es: él, un caballero amante de la guerra, un monarca absoluto; ella, una joven aristócrata, bella, no menos inteligente que Alfonso pero más culta, que lo mira de frente, casi desafiante. Calificarlo de embrujo no deja de ser el recurso fácil, el de siempre, para no admitir un hecho tan admirable como bello.

Es difícil calibrar quién de las dos, la Ester de la Biblia, que sirvió de referente al autor, o la Raquel de esta novela hizo un papel más relevante a favor del pueblo judío.

Por el relato bíblico sabemos que Ciro, al ocupar Babilonia, dejó en libertad a los judíos deportados y les ofreció cierta protección. Parece que, según el relato bíblico también, recibían esa protección cuando Alejandro Magno se acercaba a territorio fenicio con sus tropas. Personajes como Amán no podrían contrarrestar la autoridad absoluta de los monarcas persas.

En la Hispania del relato, según el autor, los judíos gozaban de una libertad, una paz y una prosperidad que no habían disfrutado desde que habían dejado de ser reino. Jehudá, padre de Raquel, intuye que se avecinaban cambios difíciles. Las invasiones de almorávides y almohades traían consigo periodos de intransigencia. Las cruzadas de los cristianos empezaban a ser un peligro serio en Alemania y Francia. Este judío, sagaz y calculador, sabía que se arriesgaba y jugó su suerte.

Cuando Alfonso manifestó sus intenciones sobre Raquel se dio cuenta de lo doloroso y preocupante que le suponía. Al observar la compenetración, entrega y felicidad de esta y el rey llegó a sentir celos; pero también la posibilidad de incrementar su campo de acción e influencia. Seis mil judíos procedentes de Europa quedan instalados en Castilla.

Tras el previsible desastre de Alarcos, se buscaba el cabeza de turco, los judíos. Lion pone en boca de Leonor, la reina celosa, la frase evangélica de Cleofás: “Conviene que uno solo muera por el pueblo”. Jehudá y su hija asumen ese papel con gran dignidad. Había sido para don Gutierre de Castro y los suyos un festivo desahogo de rabia destrozar la lujosa mansión del Administrador del Rey, que había sido el castillo de los Castro. Sin embargo, en La Galiana, donde Raquel espera firme el deseado regreso de Alfonso, nada se destroza y ella y su padre se hacen presentes al requerimiento de Castro, que se enfurece porque ninguno de los presentes se presta al sucio trabajo. Indignado, blande su espada enfundada sobre la cabeza del judío, mientras el vil jardinero hunde su vieja daga en la Bella.

Se podía haber evitado porque se les había invitado con insistencia a refugiarse en el Aljama de Toledo, como una ciudad dentro de la ciudad con su muralla y guarnición. Así lo suponía Alfonso, que se recuperaba en Calatrava de sus heridas y su abatimiento, añorando el cariño, cuidado y entrega de su amada. Se había olvidado que, en su impetuosa imprudencia le había dado orden de que no abandonara aquella mansión. Se lo recordarán el obispo don Rodrigue y don Benjamín, el joven enamorado, que, habiendo puesto ambos todo su empeño en evitarlo, le dan la triste noticia.

Hubo un después, como si los intensos deseos de paz de Raquel, dieran su fruto. Alfonso será menos guerrero y más monarca responsable.

Llama el jefe de la Aljama, don Efraim Bar Abba, para que a Raquel y su padre se les dé la sepultura y honras fúnebres que se merecen según el rito judío. La ceremonia fue muy solemne y los restos recorrieron las principales calles con grandes muestras de duelo por el pueblo. Encarga a este mismo hombre la Administración de las finanzas reales, lo que acepta como continuación de su predecesor en bien del pueblo, al que le añade una misión de paz en la corte del emperador almohade, Mansur.

Designa a don Rodrigue como Primado de Toledo, en contra de los deseos expresos de su antecesor, el belicoso e intolerante Arzobispo Martín. El humilde y culto Rodrigue se hace acompañar de Musa, el más sabio médico y filósofo de la época en la Península, así como el joven pensador judío Benjamín, con lo que mantiene su Instituto de las tres culturas.

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