"En un bote de vela, a la
mar me tiro,
que me lleve el viento, muy
lejos contigo.
En un bote de vela, sin marca
y compás,
rumbo no sé dónde, quiero
naufragar.
Y en una de esas islas, muy
lejos de aquí,
donde tú y yo solos, podamos
vivir…”
Escuchar la canción de Paquito
Jerez, me recuerda a principios de los años 60, cuando mi abuelita materna, nos
regaló a sus nietos un barquito de remos. Nada nos podía hacer más
ilusión.
El curso escolar, entonces
acababa con los exámenes de Junio y si no nos daban "calabazas",
estábamos libres más de los tres meses siguientes, para disfrutar de las
vacaciones en el mar, pues Septiembre y parte de Octubre los pasábamos en el
campo. El 12 de este mes, marcaba el fin de las vacaciones y volvíamos a
Madrid. Eso era "veranear".
Por la calle del Paseo del Puerto
de Mazarrón, entonces circulaban los coches. Había en la playa, toldos y
casetas para ponerse los trajes de baño, pintadas de blanco con franjas azules.
Se instalaban casetas de feria en el Paseo, sonando la música
frecuentemente.
En los famosos chiringuitos “El
Ronquillo", en “El Luis” y en el Bar "La Peña" del Paseo,
tomábamos el aperitivo de "vermut con sifón", bebida muy popular
entonces y otros refrescos, con aceitunas, patatas fritas, ensaladilla rusa,
anchoas y berberechos. Mi madre ponía en la orilla del mar mojándose con las
olas, fruta sabiéndonos riquísimas, con ese punto salado que les daba el agua.
Mi abuelita Manolita, sentía
adoración por sus nietos y nos lo demostraba siempre. Éramos únicos para ella,
pues viuda desde los 25 años, solo tuvo a mi madre. De carácter simpático, muy
cariñosa y generosa, aunque vivía en Cartagena, pasaba con nosotros los veranos,
en el Puerto de Mazarrón primero y luego, en Bahía.
Como a mi hermano y a mí, mayores
que mis 4 hermanas, nos gustaba mucho el mar, en 1959 nos compró el primer
barquito, bautizándolo con el nombre de "Arrecife". Era
un bonito y estupendo bote de madera de olivera, realizado en el Puerto de
Mazarrón por un calafate de ribera, amigo suyo, costándole 300 pesetas, cifra
increíble metida en mi cabeza. Con 3 metros y medio de eslora, había que
calafatear los veranos, pues la madera al secarse, se contrae y eso le sucedía,
al pasar el invierno en "seco".
Al acabar el curso escolar, ya
sufríamos el síndrome marinero y deseábamos llegar cuanto antes al Puerto, en
donde el "Arrecife" había pasado el invierno,
esperándonos encerrado en una cochera, lleno de algas secas. Al llegar, los
primeros días le quitábamos las algas y previo un ligero calafateado con estopa
y embreado, le poníamos la "patente", pintándolo de verde y blanco,
recordando los colores andaluces de su madre, mi bisabuela, nacida en Vélez-Rubio.
Luego, echábamos al agua los 700
kilos de su tara, pasando varios días hasta que la madera se hinchaba, se
cerraban las cuadernas y podíamos navegar, “achicando” el agua salada que aún
se metía por las costuras de las maderas, con un bote de lata, debido a nuestra
impaciencia.
Nos hacíamos a la mar casi todos
los días, excepto cuando soplaba en raras ocasiones el molesto viento de
"levante". Mis 4 hermanas eran más pequeñas, pero mi hermano y yo
comenzando la adolescencia, no podíamos pensar pasar las vacaciones, sin él.
Con unos remos, de madera a los "escálamos", amarrados con
"lamperas” o “estrobos" y varios metros de cabo de cáñamo al
"rezón", nos aventurábamos donde fuese.
Entonces, muchas cosas se hacían
de modo diferente a como ahora y la forma de "echar" un barco al
agua, no era diferente. Ahora, con un coche con "bola" y remolque, lo
montas encima, sujetas con cinchas, lo llevas al puerto y una grúa hace su
papel echándolo al mar y listo. O en una rampa, lo sueltas con el cabestrante
del remolque poco a poco. Hace tiempo, no era así.
Entonces para esta operación, así
como para sacarlo del agua, buscábamos a un grupo de amigos, prestándose ellos
diligentemente a la labor. Sobre unos "parales" de madera o sobre los
mismos remos, empujábamos el barquito sobre su quilla hasta el agua o el
garaje, operaciones en donde nosotros y el bote, sufríamos lo suyo buena parte
de la mañana o la tarde. Echar el barco al agua, era menos trabajoso que
sacarlo, pues la madera hinchada por el agua, pesa más que la seca. Después de
esa operación, mi madre nos invitaba a todos a un refrigerio a base de
bocadillos y refrescos. Y tan contentos.
Lo fondeábamos en el “seco” de
algas de la playa, frente a nuestra casa del Paseo. Cuando soplaba el molesto
"levante", no le perdíamos ojo y en ocasiones, mi hermano Aken, tuvo
que ir a rescatarlo, hasta alguna vez por la noche, al soltarse o garrear.
Entonces, se lanzaba al agua con los remos guardados en casa y nadando, lo
alcanzaba, volviendo a fondear debidamente y regresaba con los remos a la
playa, donde yo lo esperaba. Me parecía entonces una proeza y me lo sigue
pareciendo. Él, no le daba importancia.
El primer fondeadero estaba cerca
del "Ronquillo" y desde nuestra casa, en la calle del
"Progreso" a la altura de la "segunda escalera" se veía la
playa. Esa casa, propiedad de mi tío abuelo Rafael, pocos años después sería
derribada, construyéndose en su lugar un nuevo edificio, en donde hoy está la
tienda de "cerámica".
Pocos años después, nos cambiamos
a otra casa, al principio del Paseo, cerca del restaurante Avenida y de la
"primera escalera". La llamábamos la "Casa de Demetria",
pues así se llamaba su propietaria, a quien mi padre le alquilaba esos meses de
verano. Esta casa, también se derribó años después, para hacer un nuevo
edificio.
En 1965 y 1966, alquiló mi padre
la “Casa Miró” en Bahía, pero en 1967 nos mudamos a "La Goleta",
nuestra casa en el “Cabezo de la Cebada” en Bahía, al lado del “secadero
del esparto”, construida en 1952 por Ángel Galindo, un industrial del esparto
de Alcantarilla, tío de mi cuñada. Esa casa, en donde pasamos 32 años de buenas
vacaciones, la derribaron en 1999, al igual que las otras.
Muchos amigos, venían a montarse
en el botecito, aguantando el peso de los chavales. Bogábamos hasta "La
Galerica", “El Rihuete”, al fondeadero de "traiñas” del
faro -lugar protegido de los “leveches”- o hasta Bahía y más allá, antes de la
construcción del puerto pescador y del deportivo. Las excursiones, la pesca y
el baño, estaban garantizadas.
Era muy ágil y brincaba sobre las
olas como un corcel, tripulado por intrépidos marineros. Alguna vez, le pusimos
un motor fueraborda “British” de ¾ CV de Julio Balboa, navegando alegremente,
pero no era lo suyo. Aprendimos nudos marineros, el “llano”, el
“ballestrinque”, las “margaritas”, el "doble 8" y el “As de guía”, el
nudo de los nudos. Todo aficionado los conoce. Recuerdo el “cía, cía, cia…” de
mi hermano, cuando bogaba y una ola se nos venía encima debiendo capearla,
deslizándose sobre su cresta, dando “pantocazos” cuidándonos de no tomarla por
la aleta ó la amura.
En Bahía, lo fondeábamos en la
"Playa Chica", una pequeña calita al lado del "Cabezo
de la Cebada", junto a otros barcos, lugar bien protegido de los
vientos y vigilado, cerca de casa.
Escribo algo de un relato de mi
amigo y buen marinero Carlos, donde describe de lo que sucedía, en una
situación normal:
"… claro, el tiempo
pasaba enseguida y cuando me daba cuenta, iba justo para llegar a casa. Por más
que le daba a los remos con todas mis ganas y mis fuerzas, el bote apenas
avanzaba, porque, antes de doblar el saliente de rocas que había antes de la
monstruosidad de llenar todo aquello de piedra para el espigón del puerto
deportivo, el viento de Sureste o de Levante pegaba con fuerza. Una ola y otra
ola, y la proa del bote subía y “clavaba” pegando un “panzazo” sobre el agua y
apenas avanzaba. Eso sí, cuando lo había sobrepasado (el saliente) la velocidad
era considerable..."
Una lancha que tuvimos, también
gracias a la generosidad de mi abuela, fué una "Glastron" de
13 piés de eslora, con motor Evinrude de 33 CV. Se lo compró en 1.967 a Avelino
Marín Garre, en Cartagena costándole unas 100.000 pesetas y le pusimos por
nombre "La Abuela", dándonos también momentos
inolvidables. Pero ya estábamos bregados en la navegación costera, conociendo
todos los rincones de la Bahía de Mazarrón, desde el Cabo Tiñoso a Puntas
de Calnegre y más allá.
Guardábamos el "Arrecife"
y "La Abuela", en el amplio garaje de "La
Goleta". A finales de temporada, le hacíamos el invernaje y el
mantenimiento: Funcionando el motor en un bidón con agua dulce, lo
enjuagábamos, le cambiábamos el aceite de la cola, quitábamos las bujías,
metíamos en los cilindros aceite no detergente con una alcuza, pegábamos unos
tirones quitando el sobrante, poníamos las nuevas bujías flojas, limpiábamos la
carcasa poniendo vaselina a los metales y hasta el año siguiente, en que previa
limpieza, pintábamos los bajos con "antifouling" antes de "echar
al agua". La construcción del puerto deportivo, cambió muchas cosas, todo
se popularizó, reestructuró y articuló la navegación.
El “Arrecife” y “La
Abuela”, navegaron unos 35 años cada uno, solapando su vida, unos 25.
Algunos marineros en estas
singladuras fueron: Chelo, Luz, Lile, Miguel Ángel, Pedro Antonio, José
Antonio, Águeda, Cosme, María José, José Luis, Ana Elisa, María, Blanca, Chari,
Lucía, Jesús, Juan Antonio, Paco, Julio, Carlos, Manolo, Ramón, Pacho, Luisma,
Pachi, Manuela, Carmelo, Delia, Francisco, Isidoro, Mari Carmen, Adela,
Mariantonieta, Isa, Cristina, Maria Elena, Jesús, Manolo, Drenah, Clifton,
Maco,... y mis hermanas, Polo, Tatón, Rarra, Yolanda y mi hermano, Aken.
"En la arena escribí tu
nombre
y luego yo lo borré.
para que nadie pisara
tu nombre, María Isabel...”