Un movimiento religioso medieval: Beguinas y Begardos (V), por Francisco Mendiguchía
(continuación)
Es curioso, sin embargo, que habiendo comenzado el decreto con tan fuertes y hostiles palabras, lo acabaran de un modo mucho más moderado, que equivalía a una autorización para seguir el modelo beguino: “En diciendo esto, no queremos prohibir el que algunas mujeres, llenas de fé, puedan vivir como el Señor las ha inspirado, hacer una vida de penitencia y servir a Dios con humildad, aunque no hayan hecho voto de castidad, pero vivan castamente en sus viviendas”.
Este decreto muestra claramente la perplejidad de las autoridades eclesiásticas frente a las beguinas, por no encajar en las Órdenes Religiosas perfectamente reguladas, y también la tensión entre dos fuerzas eclesiales de esta época medieval, en cuanto a legislación, la de la libertad y la de la autoridad.
Así como en los Países Bajos, las beguinas siguieron llevando durante muchos años una vida bastante apacible sin ser molestadas, en Alemania sucedió todo lo contrario. En 1318 el Obispo de Colonia decretó la disolución de todas las asociaciones de beguinas y su integración dentro de Órdenes Religiosas aprobadas por el Papa. Sin embargo hemos visto que en el año 1400 todavía había “conventos” de beguinas en dicha ciudad, lo que motivó que el Papa Martín V ordenara, en 1421, al Obispo de Colonia destruir cualquier pequeño convento de “personas que vivieran juntas bajo el pretexto de la religión sin una regla definida”.
Sin embargo no se extinguieron y, en los Países Bajos, duraron todavía siglos pues, como ya hemos visto, algunos beaterios de Bélgica fueron reconstruidos en los siglos XVI y XVII y, para Alcántara Mens (Enciclopedia Rialp, 1971) todavía hoy existen varios beguinarios en los Países Bajos, pero las beguinas están en vías de completa desaparición. Se conoce que la última beguina de Ámsterdam murió en 1971.
Lo que realmente acabó con las beguinas fue la Revolución Francesa, que saqueó sistemáticamente todos los conventos de beguinas, y más que nada, la evolución de la vida moderna.
Se puede citar como una última
fundación de beguinas la que tuvo lugar en Castelnaury y Carcasona en 1847,
donde fueron llamadas “Hijas compañeras del Buen Socorro”; pero estas
fundaciones no fueron espontáneas, sino debidas al canónigo Souviron-Louvière,
pues el impulso beguino hacía ya mucho tiempo que había muerto.
Quiero terminar esta historia de las beguinas citando un delicioso relato de Georges Rodenbach (autor asimismo de “Brujas, la muerta”) titulado “Museo de Beguinas” (1920) en el que describe la vida de las últimas beguinas de Brujas, las últimas veinte, sus inquietudes, su anhelos y arrebatos místicos; el retrato de Úrsula, la última Gran Dama, sus tocas rectilíneas hasta el cuello en pliegues almidonados, tapando las orejas, como para que no pudieran escuchar los ruidos del mundo, su devoción por su fundadora Santa Begga y su trabajo de encajeras, todo ello al lado mismo del Minnewater o Lago del Amor, que para ellas no era mundano sino místico.
Un tema apasionante es el de su nombre ¿Por qué fueron llamadas beguinas?
El citado anteriormente Mattew Paris decía ya entonces: "Nadie sabe a ciencia cierta por qué son llamadas beguinas, aunque algunos derivan su nombre de la palabra albigense, con los que en sus comienzos fueron confundidas y dada esta etiqueta por sus enemigos”. A mí me parece que no es muy creíble esta hipótesis porque las palabras no se parecen mucho.
Otra hipótesis apunta hacia el color de sus hábitos que, en un principio, eran de lana sin teñir y de un color “beige”.
También se ha hecho derivar el nombre de beguina de “bigot” ya que “bei Gott” significa “junto a Dios” o también de “beghen”, que en flamenco antiguo significa orar.
Una hipótesis más convincente es la de que el nombre proviene del sacerdote Lamberto Bèghe, el que fundó el asilo para huérfanas y viudas de Cruzados, precisamente en la cuna del movimiento beguino, Lieja.
Sin embargo, la mayoría de los
autores que han tratado el tema (Lumnius, Zeger, Putte, van Ricker) y otros
muchos, creen que fue Santa Begga o Bega la que dio su nombre a las beguinas,
por haberla tomado éstas por patrona o protectora y es significativo que,
precisamente a la puerta del beguinario de Lier, exista todavía una imagen en
piedra de Santa Begga.
Ahora bien, ¿Quién fue
Santa Begga?
En los santorales modernos ni siquiera la citan, pero sí viene en el Martirologio Romano del Papa Gregorio XIII de 1684, en el que se puede leer: “Día 17 de diciembre, en Andania, cerca de Siete Iglesias, Santa Begga viuda, hermana de Santa Gertrudis”.
Al consultar el Espasa sobre esta Santa me encontré con otras tres “santa Bega”
a) Una abadesa de Cumberland, muerta en el 650.
b) Una virgen de Northumberland muerta en el 630 (estas dos son casi con seguridad la misma persona).
c) Una santa Begga “legendaria abuela de Carlomagno.
(Esta última es inexistente; se debe probablemente a la confusión entre Pipino -padre de Carlomagno- y Pipino padre de Santa Bega).
La solución la encontré en la Bibliotheca Santorum (pag. 1077) en la que aparece la historia de Bega, sacada de la “Vita sancta Beggae viudae” escrita en el siglo XII, cuyo resumen es el siguiente: Fue de noble familia, en Nivelle, Bélgica, hija de Santa Iduberga y del beato Pipino de Landen, y hermana de Santa Gertrudis. Se casó con Angesino de Metz y enviudó en el año 645; habiendo fundado entonces el monasterio de Notre Dame de Andenne (la Andania de nuestros imperiales tiempos), así como seis capillas, las famosas Siete Iglesias. Se supone que murió en el 709, secularizándose el monasterio para dedicarlo a “canonesas” nobles, es decir, mujeres que vivían en comunidad religiosa, sin hacer votos.
Desde luego no pudo serla
fundadora de las beguinas, como quieren algunos, por ejemplo Rodenbach, porque
éstas aparecieron por lo menos 400 años después, pero el hecho de que se
dedicara su convento a mujeres que no hacían votos les indujo probablemente a
tomarla como patrona. Como una digresión semántica, y a título exclusivamente
personal, se me ocurre que en francés existe la palabra “béguin” que se traduce
en español como; “papalina cerrada o gorro de niño de teta”. Y ¿qué es
una Papalina? Pues, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua
Española, es: “Una gorra o birrete con dos puntas que cubren las orejas”
(sinónimo de becoquín, bicoquín o bicoquete), y también “Cofia de mujer”.
¿Podría ser que el gorro se llamó “béguin” -de la misma raíz que becoquín-
porque lo llevaran las beguinas?
(continuará)




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