Discurso del PAPA LEÓN XIV en el Palacio Real
Majestades, Altezas Reales, distinguidas
Autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático, señoras y señores:
Doy gracias al Señor por este
encuentro y expreso mi agradecimiento por la invitación a realizar este viaje
apostólico a España: un itinerario en varias etapas, cada una de las cuales
revelará algún aspecto de la riqueza multifacética de un gran país que, desde
hace casi dos milenios, ha acogido la Palabra del Evangelio. La tradición
siempre ha vinculado la primera evangelización de la Península Ibérica a la
predicación del apóstol Santiago el Mayor. Este vínculo reviste una importancia
teológica considerable, porque expresa la conciencia de la Iglesia local de
estar en continuidad con la misión apostólica nacida en Pentecostés. El vínculo
antiquísimo entre la fe cristiana y esta tierra, si bien por un lado no agota
la multiforme identidad de vuestro pueblo, por otro ha moldeado profundamente
su cultura y representa una fuente de esperanza y de orientación entre los
desafíos que hoy, como familia humana, debemos afrontar juntos. Pienso en las
expresiones de la fe popular que, en cada ciudad y pueblo, representan una
auténtica dramaturgia de la salvación al ritmo del año y en los diversos
contextos de la vida. Junto con el patrimonio artístico y musical, con las
múltiples cofradías y asociaciones de carácter caritativo, dan testimonio del
fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro pueblo. ¡Es un pueblo lleno de
pasión, que ama la vida y lo manifiesta!
Vengo entre ustedes para
confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al
Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre
las distintas fuerzas de esta Nación. De hecho, su propia historia sugiere que no
es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera
estabilidad y prosperidad. El mensaje de paz que en estos tiempos, por
desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador,
encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino
que se abren a la verdad. Como nos ha enseñado el Papa Francisco,
existe, en efecto, «una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La
realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un
diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es
peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma»
(Evangelii gaudium, 231). De hecho —concluía—, «la
realidad es superior a la idea» (ibíd.).
La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos
atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el
diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental.
A este respecto, quisiera
referirme a dos figuras de este país que, desde hace cinco siglos, nutren la
vida de la Iglesia y la búsqueda espiritual de muchos, incluso más allá de sus
fronteras visibles. Se trata de Juan de la Cruz y Teresa de
Ávila, que se hicieron amigos en la pasión por el Misterio divino. La
suya es una mística con los ojos abiertos, es decir, no ajena a la historia,
sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las cuestiones, al corazón de la
realidad. En particular, al interpretar las transformaciones y soportar las
tensiones que hacen tan oscura nuestra época, nos ayuda el tema de la noche,
tan querido por san Juan de la Cruz, cuyo Año Jubilar estamos celebrando. En su
sed de luz, paradójicamente, aprendió a apreciar la oscuridad —«noche dichosa»
(Noche oscura, 3)— como el tiempo en que el
alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer. También hoy lo que más
nos asusta, lo que en muchos provoca la oscuridad de la razón y la violencia de
las emociones, es lo desconocido, ante lo cual puede prevalecer la sensación de
no tener ya mapas, la desorientación. Por eso se necesitan, también en la vida
pública, hombres y mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz; en el fin, un
posible comienzo, casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero
que —si confiamos y encontramos paz— nos llevará delicadamente hacia sí misma: «¡Oh
noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste
Amado con amada, amada en el Amado transformada!» (ibíd., 5).
Nuestra época, que en apariencia
se ve sacudida por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más
profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su
dignidad inviolable, por la civilización del amor (cf. Magnifica humanitas, 186).
Santa Teresa
describe este mismo itinerario con la imagen del castillo interior. Avanzando
de habitación en habitación hacia el lugar más íntimo —es decir, cada uno hacia
su propio corazón, santuario de la verdad—, el espacio se amplía, la mente se
abre, las contradicciones se resuelven, las tensiones se disuelven, los demás
encuentran su lugar, el universo se convierte en hogar. No se trata de una
huida intimista, sino de una apertura radical al totus Alius et semper Novus,
que se realiza cuando volvemos a nosotros mismos. Esta dimensión del ser humano
es la razón por la que hay que proteger la libertad religiosa y de conciencia.
Hoy, la tentación de ganar
popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de
disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada. Por eso necesitamos
cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia.
Y, sin embargo, desde estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la
verdad se han visto impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta el punto
en que, en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan. Es de su libertad
aprendemos a ser libres.
La Iglesia católica está al
servicio de esta sed del corazón humano. No de forma impositiva, sino con el
testimonio evangélico respaldado por una multitud de mártires y santos, y hoy
está dispuesta a ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la
reconciliación y la paz.
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