jueves, 2 de julio de 2026

ECO.91 PEQEÑO CATÁLOGO DE LOS INVISIBLES

Pequeño catálogo de los invisibles, por Giovanni Criscione

Las personas sin hogar siempre me han intrigado. Cada vez que veo a alguien que vive en la calle, me pregunto cuál será su historia, qué lo habrá llevado hasta ahí: una familia desestructurada, una mala decisión, la pérdida del trabajo, un golpe de mala suerte o una elección consciente. El escritor italiano Roberto Alaimo escribió el "Repertorio de los locos de Palermo". Haría falta alguien dotado de sensibilidad y humanidad que escribiera también el "Repertorio de los sin techo". Yo podría contribuir con algunos perfiles observados en Puerto de Mazarrón.

Por ejemplo, un tipo de unos 40 años, educado, taciturno, que caminaba con un carrito de supermercado. Dentro llevaba todo lo que poseía: mantas, ropa, cartones y poco más. Se había instalado en la veranda exterior de una casa frente al mar, enfrente de la Isla de Paco, una de esas que en invierno están deshabitadas. Dormía al aire libre, al amparo de un tejado, a pocos metros del mar. Por cama, uno de esos colchones que la gente deja junto a los contenedores de basura. Al pasar por el paseo marítimo al anochecer, con el frío penetrante y el viento cortante que venía del mar, envuelto en mi abrigo sentía una sensación de desorientación al pensar que esa persona iba a enfrentar la noche, una noche más, a la intemperie, cubierto solo con cartones y algunos harapos.

El día de Año Nuevo, muy temprano, un señor que pasaba por allí, eufórico, le gritó: "¡Buen año!". Él respondió, molesto: "Para mí todos los años son iguales y no hay nada bueno". ¿Quién podría darle la razón? Un día, los dueños de la casa regresaron. Primero lo reanimaron con una comida abundante. Luego le pidieron que se mudara a otro sitio: estaban a punto de llegar unos veraneantes que habían alquilado la casa. Desde entonces no lo he vuelto a ver.

En el centro comercial Mazarrón Park, frente a un supermercado, había una chica con tres perros que vivía de las limosnas. Tendría quizás 40 años o un poco más. Cuando se vive en la calle, la edad es un dato indescifrable. Pelo rubio en rastas, flaquísima, en otro tiempo guapa, como se intuía por la gracia de sus rasgos. Amante de sus animales, con los que compartía la poca comida que lograba conseguir. Y mostraba cierto ingenio. Como no se permiten perros en el supermercado, quien iba a hacer la compra con su perro se lo dejaba a ella el tiempo necesario para las compras, y al salir le daba una moneda. Una vez yo también lo hice. Se le iluminó la cara y me sonrió para darme las gracias. Le faltaban varios dientes. Cuando vives en la calle no puedes cuidarte ni permitirte un dentista. Hace tiempo que no la veo.


Su lugar ha sido ocupado por otro sin techo, joven de unos 30-40 años. Sentado con la espalda contra la pared, barba descuidada y gorra al revés para las limosnas. Es argentino, siempre sonríe y saluda a todos. Algunos responden distraídamente. Otros se detienen, charlan con él y al salir le regalan algo de comida o una bebida. Tiene aire de simpático. Incluso parece feliz. Desde que detectó mi acento italiano, me saluda diciéndome: "¡Eh, italiano, buongiorno!". En Argentina tiene muchos amigos italianos o descendientes, por lo que sabe algunas palabras.

Cierro con una reflexión. En lugar de gastar todos esos miles de millones en armas y guerra, los Estados deberían ocuparse más de los invisibles, garantizarles una existencia digna. Creo que todos estaríamos más contentos de pagar impuestos.




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