viernes, 15 de marzo de 2024

ECO.77 Asaltos a Parlamentos (II)

ASALTOS A PARLAMENTOS (II), por Nicolás Pérez-Serrano Jáuregui

(continuación)

 

2. Lucha contra el poder establecido, en concreto contra el más “representativo”, el único que es como el pueblo mismo, llano y soberano. ¡Qué tengo yo que mi amistad procuras, pero cuyo asalto planeas!

La locución “¿qué tengo yo que mi amistad procuras?” contiene uno de los versos de una de las rimas sacras de Lope, expresiva de un ciclo personal que se debate entre el desvío y el arrepentimiento, pero que refleja sobre todo la extrañeza ante una actitud del Dios amigo inexplicable. Y algo parecido, acaso con los términos invertidos, es lo que late cuando analizamos la reiteración de actos beligerantes contra una Asamblea, obviamente más allá de lo que supone mantenerse dentro de un campo meramente dialéctico y fruto de la libertad de opinión y expresión. Esos actos son directa intromisión y sometimiento o dominación sobre el Parlamento por la fuerza. Se sabe que es potencial enemigo por definición no armado, solo custodiado por los cuerpos de seguridad externos y cuyo edificio está bajo la custodia de un Presidente que tampoco tienen indumentaria militar ni menos aún sus atributos, armas de fuego o blancas, o… Nada. ¿Es ahí donde radica su “atractivo”, en ser un órgano sin poder bélico? Creo que no. Eso facilita las cosas, pero no las explica. Decía SARTORI14 que el Parlamento puede estudiarse desde tres puntos de vista, bien a través de los canales de acceso, bien por medio de la extracción económico-social de sus componentes, o, por último, analizando cuál es su función y su funcionamiento como “subsistema Parlamento en el ámbito del sistema político en su conjunto”. A sus detractores, dispuestos a su aniquilamiento, les molesta su función y su funcionamiento, y quizá lo que menos la extracción, aunque no se debe olvidar que lo que les irrita profundamente es su carácter democrático, que en él puedan alzarse voces muy dispares, que convivan ideologías para ellos tan impensables que se les antojan erradicables incluso con empleo de violencia física15.

El proceso es curioso o paradójico. La animadversión hacia el Parlamento suele anidar en posiciones ultraconservadoras, militaristas sobre todo. Pero si tales formaciones políticas llegan a tomar el poder, enseguida sentarán las bases para que las decisiones del caudillo o jefe de gobierno vengan “respaldadas” por una asamblea que, no por creada ad hoc, deja de tener una función y un funcionamiento que de alguna manera responda a las características de los parlamentos democráticos, esos contra los que, al comienzo del ciclo, tuvieron que luchar por oponerse a sus convicciones relativas a la organización del Estado. A mí me seduce sobre todo una idea: las críticas al Parlamento provienen de credos incluso antagónicos entre sí, que subrayan, cada uno de forma sesgada e interesada, la crisis de la práctica totalidad de los postulados en que se basa ese órgano (como “poder” es claro que cuando menos comparte con el Ejecutivo lo que llegó a ser su principal característica, el “legislativo”), pero ninguna desentraña cómo a pesar de todo ello sigue siendo el poder vertebrador por ser la columna del sistema en que descansa el edificio y lo sostiene en pie. Y ahí radica, justamente, el porqué muchos (uno ya sería excesivo e igual de deleznable que la suma de varios) lo asaltan y desean vehementemente que desaparezca del mapa político. El recorrido es circular, y alguna parada intermedia dentro del circuito puede llevar consigo el uso de la fuerza, la violencia física ilegítima.


3. Taxonomía y etiología: Conjunción. Dificultades. Prolegómenos o preparativos. Democracias frágiles.

Sin temor a equivocarnos podemos decir que sus tipologías son variadas. Por una parte, según sus inductores o protagonistas: militares o cuerpos de seguridad o civiles, el tipo cambia. También según si son o no en sí mismos un golpe de Estado o se quedan en meros conatos de presión para conseguir “otras” finalidades. Pero vistos sobre todo los últimos ejemplos no puede excluirse que el fenómeno sea igual en democracias consolidadas, o emergentes o en desarrollo, ninguna se libra. Por eso mismo es complejo fijar con exactitud su taxonomía, o hacer el elenco completo de su etiología: en octubre de 2020 acaso un par de cientos de ex militares irrumpieron por la fuerza en el Congreso de Guatemala y su pretensión consistía en exigir una iniciativa normativa para concederles una compensación económica por su participación en el conflicto armado interno en que se vio inmerso el país durante tres décadas y media (1960-1996). Este ejemplo basta para poner de manifiesto esa conjunción de lo taxonómico y lo etiológico y casi para renunciar a tales tareas de clasificación y explicación, dada la dificultad del empeño.

Sí, merece también comentario, aunque breve, la cuestión de los preparativos, pues ello, a su vez, conecta con lo que acabamos de decir. En efecto, los “asaltos” tienen su preparación. Primero se da en todo caso un indispensable caldo sociológico/político de cultivo, caracterizable como descontento y aspiración a otra situación o régimen político diferente, que al menos conceda la pretensión concreta que persiguen los actores del asalto. Suele haber, desde luego, un recuento de fuerzas afines, aun mentalmente. En la liturgia o fase de desencadenamiento tiene que haber un mínimo diseño y organización del “evento”. Como hoy día son esenciales para muchas facetas, no faltará convocatoria (redes sociales específicamente). Por último, todos los preparativos conducen a una realización o materialización, según el plan preconcebido o fruto de la improvisación del último momento. En todo ello, creo yo, no entra el cálculo del resultado, pues en la mayoría de los casos los diseñadores parecen dejarlo abierto, como “a resultas de”.

 

(continuará)

 

14 Guiovanni SARTORI, Elementos de Teoría política, Alianza Editorial, Madrid, 1992, pág. 177.

15 Ilícita, por supuesto. Recuérdese la manida mención de WEBER, con arreglo a la cual el Estado es el único que posee el derecho a usar la violencia física, legítima en tal caso, monopolizada en exclusiva por él, tal como lo expuso en 1919 en su ensayo La política como vocación.

 

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