Un movimiento religioso medieval: Beguinas y Begardos (IV), por Francisco Mendiguchía
(continuación)
Todas las beguinas estaban regidas por una superiora llamada “Gran Dama” o “Gran Señora” y, después del primer año de noviciado, recibían el vestido distintivo que, en un principio, era de diversos colores, beige o gris, por estar hechos de lana sin teñir, aunque después acabó uniformándose en forma de hábito negro que las cubría de la cabeza, -sujeto a ésta por una especie de gorra-, a los pies.
La vida que llevaban las
beguinas, trabajar en hospitales, tejer y bordar, sus rezos y meditaciones, les
dificultó para desarrollar una literatura mística, pero varias de ellas del
siglo XIII, principalmente una llamada Hadewijch, han dejado un
considerable número de sus oraciones y vivencias místicas, en las que muestran
una sincera y fresca individualidad en sus expresiones y una ingenua y
sublimada sensualidad.
Mi cuerpo es un gran dolor
Mi alma está en la más alta gloria
porque ella ha visto
y rodeado con sus brazos
a su único Amado.
Pobrecilla
Está angustiada por él:
de tal forma la arrastra y la deleita,
que ella no puede contenerse a sí misma
y él la conduce dentro de sí.
Cuando el cuerpo dice al alma
¿Dónde estás? No puedo soportarlo más
Y el alma dice: calla necio
necesito estar con mi amado.
No me disfrutarás nunca más.
Yo soy su gozo: él es mi pena.
Tu pena es que no podrás disfrutar más tiempo de mí:
que nunca te abandonará.
Estas y similares efusiones nos muestran el alivio que estas mujeres encontraron en su vida religiosa y la libertad con que expresaban sus místicos arrebatos.
Sin embargo, su forma de vida despertó pronto envidias y, en algún grado, temores irrazonables que produjeron, desde groseras burlas, hasta caza de brujas y persecuciones. Más tarde hubo críticas, quizás mas interesadas, para conseguir retornarlas a los familiares canales de las Órdenes Religiosas.
Pero para ellas, este nuevo estilo de vida religiosa, suponía una escapatoria de las sórdidas frustraciones del mundo, dentro de una vida espiritual libre y humilde con la que podían gozar de intensas experiencias de su Dios amado y, al mismo tiempo, ocuparse del servicio a los pobres y enfermos, y trabajar en labores femeninas.
El caso es que, a pesar de todo, el movimiento de las beguinas fue tratado con gran simpatía por las autoridades eclesiásticas hasta finales del siglo XIII, tal como lo muestran Grosseteste y Matthew Paris en sus escritos y que iban desde un cierto interés a una aprobación entusiasta.
Los legados papales también las apoyaron como lo muestran que, en 1250, el legado Pedro, Obispo de Alba, colocó a las beguinas de Colonia bajo la protección del presbítero de la catedral, para salvarlas de la opresión de clérigos y laicos de la ciudad. Años más tarde otro delegado, el cardenal Hugh, reforzó esta protección para “estas mujeres religiosas de la ciudad que no estaban protegidas por las murallas de un convento o por reglas institucionales, pero que vivían en medio de un mar de peligros seculares”. Un siglo más tarde, en 1326, el Papa Juan XXII manda a los obispos de Lombardía y Toscana que no se molestara a las beguinas.
El hecho de que necesitaran esta protección muestra que había mucha gente que desaprobaba esta nueva libertad que las mujeres disfrutaban, tal como padres que perdían a sus hijas, hombres que estaban resentidos hacia las mujeres que habían conseguido emanciparse, o simplemente unos párrocos que perdían feligresas.
Lo cierto es que en aquellos
años, el número de mujeres que deseaban llevar este tipo de vida religiosa
aumentaba continuamente, como se puede apreciar en la siguiente gráfica
que muestra el número de beguinarios o conventos de beguinas existentes en la ciudad de Colonia desde el año 1270 al 1400 y en la que puede apreciarse que la cota máxima corresponde al año 1310.
Es curioso que, al menos esta ciudad y a pesar de su independencia, las beguinas tenían tendencia a agruparse cerca de conventos masculinos sobre todo dominicos y franciscanos.
El número de beguinas fue descendiendo a lo largo del tiempo, pero todavía en el siglo XVI un humorista contemporáneo pudo compararlas a las gotas de un océano o a los pelos de un asno. Pero llegó un momento en que comenzó un periodo difícil para las beguinas, en parte por un apagamiento del impulso inicial, en parte porque hubo casos manifiestos, de desviación de la pureza del movimiento beguino (corrupción, escándalos, y abandono de la ortodoxia) pero, sobre todo, por la desorientación de las mismas autoridades eclesiásticas, que no llegaron a entender nunca un tal movimiento religioso y además femenino.
Ya el Sínodo alemán de Maguncia de 1261 se ocupó de ellas de un modo desfavorable, pero el que fue más lejos en sus críticas fue Bruno, obispo de Olmütz, que en 1273 escribió al Papa quejándose de que la religión de las beguinas no había sido aprobada por la Santa Sede y que las mujeres usaban de su libertad “como un voto de maldad para escapar del yugo de la obediencia a los párrocos y de la sujeción a las ataduras maritales”. Estaba también muy indignado de que mujeres jóvenes asumieran el estado de viudez sin haber cumplido los sesenta años “como daba el Apóstol” (¿?). Para estos males el obispo Bruno tenía un singular remedio: deberían casarse o hacerlas entrar en un convento de una Orden Religiosa reconocida. No hay duda que el obispo Bruno era un hombre, y eso era lo que pensaban muchos hombres de su época.
El Concilio de Lyon de 1274 tocó el tema de las comunidades religiosas marginales y específicamente el de las beguinas, condenándolas. Asimismo fue tratado el tema con tintes negativos en el Concilio de Colonia en 1306, y en el de Traveris de 1310.
Así las cosas, se llega al
importante Concilio de Viena de 1312, que taxativamente dice:
“Hemos sido informados que
ciertas mujeres, llamadas beguinas, atacadas de una especie de locura, discuten
la Santísima Trinidad y la Esencia Divina, expresando además opiniones
contrarias a la Fé Católica, engañando así a mucha gente ingenua. Como estas mujeres
no prometen obediencia alguna, no renuncian a su forma de ser y no profesan
ninguna Regla aprobada, no son ciertamente religiosas, no obstante llevar
hábitos. Por eso hemos decidido y decretado, con aprobación del Concilio, que
este tipo de vida sea formalmente prohibido y asimismo excluidas de la Iglesia
de Dios”.
(continuará)


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