Los estruendos, por Marco A. Santos Brandys
Desde muy antiguo, a la gente le
ha gustado hacer sonidos estruendosos con la intención de provocar, no
sucediendo esto al resto de los animales. Nunca hemos visto por ejemplo a un
elefante hacer un “estruendo”, como no sea su barrito, o a una vaca hacer un
ruido distinto que su mugido o a un león su rugido. Deducimos que el
razonamiento y la lógica, admiten mejor estos sonidos que la “irracionalidad”
del resto de los seres vivos.
Hemos temido algunos de los
estruendos naturales desde la remota antigüedad. Sin embargo, hemos creado
ruidos estruendosos artificiales, pues estando bajo nuestro control pensamos
poder dominarlos. Quizás porque aquellos venían de los dioses y desconocíamos
su estado de humor y carácter. Los truenos de los rayos, los rugidos de los
volcanes, los terremotos etc., fueron los primeros escuchados por los humanos y
les teníamos pavor, pues generalmente iban acompañados de desastres a los que
poco podíamos hacer para evitarlos.
Desde hace milenios, han sonado
los tambores de guerra del enemigo para amedrentarnos en la batalla y nosotros,
hacíamos lo mismo. Los estruendos eran producidos casi de forma generalizada
por tambores y fanfarrias, anunciando cualquier cosa, guerras y fiestas. Los
tambores de guerra, han sido para atemorizarnos sonando a lo lejos hasta que
los escuchábamos de cerca. Los gladiadores en la arena, los griegos en las
olimpiadas y los cartagineses al combate, los oían.
El invento de la pólvora lo
trajeron los chinos y hay que ver la cantidad de cosas que inventaron, trajeron
y nos siguen trayendo. Todavía vamos a sus tiendas a proveernos de cosas que no
encontramos en otro sitio. La pólvora la asociamos a las armas de fuego y a los
fuegos artificiales; la importancia del temor a su estruendo, ha ido en
aumento. Los ensordecedores cañones atemorizaban a los medievales y si a eso se
unía el fogonazo, era el “no va más”, como los espectáculos de “luz y sonido”,
que se hacen por la noche para aumentar sus efectos.
Desde los nobles hasta el último
de los vasallos, el ruido ha sido el primer provocador de sensaciones, a veces
controlada, pero no así para los animales que huyen despavoridos sobresaltados
por el sonido amenazador. Una fuerte palmada, hacía desaparecer a los gorriones
asentados en las ramas de los eucaliptos de uno de mis lugares favoritos,
dejándonos a los presentes con las cagadas soltadas y ganando en ese juego, al
que más le cayesen encima.
Los emperadores -¿sigue habiendo
alguno que no sea japonés? -, los reyes y otros soberanos, han celebrado sus
fiestas, nacimientos, cumpleaños, bodas y defunciones, con salvas de
artillería, produciendo el máximo bombo y platillo como diciendo “que se sepa
que estoy aquí” y así, hasta lo más bajo del estrato social.
En casi todo el mundo, las
fiestas populares, también se celebran con los estruendos de rigor.
Desde los “sanfermines” que
comienzan con el “chupinazo”, tenemos múltiples ejemplos.
A los murcianos, les encanta el
divertido y ruidoso “Entierro de la sardina” y el “Bando de la Huerta”.
A los valencianos no hay que
repetirles dos veces que tiren un petardo para armar la marimorena y desde la
“mascletá” hasta el final, todo es pólvora y traca.
En Yecla, las fiestas de “La
Virgen”, de “San Isidro”, de “San Blas”… los “tiraores” con sus arcabuces y
“salvas” de pólvora, son un buen ejemplo del gusto al estruendo.
Alcoy, está acostumbrada a
escuchar estruendos con bastante frecuencia con sus “moros y cristianos”.
Y así, es difícil enumerar la
cantidad de fiestas populares en nuestra “piel de toro” con estos efectos
sonoros y lumínicos. Desde Andalucía hasta Asturias, de Levante a Extremadura,
estamos acostumbrados a oír petardos y cohetes todo el año, pero concentrados
principalmente en los meses veraniegos que son los más festivos. Los
“pasacalles” de las fiestas populares, siempre acompañados por grupos de
tamborileros y charangas, arman lo suyo. Los fuegos artificiales con sus
estruendos luminosos, no se los quites a ninguna fiesta popular.
En Mula, en Tobarra y en otras
ciudades, el ensordecedor ruido de los tambores en unas fechas concretas es de
lo más admirado. Se fabrican tambores de muchos diámetros, desde el más
pequeñito para bebé, hasta el gigante que porta el veterano para mostrar su
poder. Esta costumbre se puede extrapolar a casi todos los lugares del planeta.
Todo se celebra con ruido y cuanto más grande, mejor. Así ha sido siempre y
para mi amigo Diego de Mula, no hay parangón.
Desde chiquititos, a los niños
les gusta tirar las “bombetas” que arman un estruendo pequeñito, muy apropiado
para su edad. Pero pronto, al crecer, se van aficionando a los petardos, cada
vez más gordos, solos o acompañados de variados efectos luminosos. Las “piñatas
explosivas” y el explotado de globos, es una muestra de la afición de la gente
menuda a estas cosas.
A los “moteros”, les gusta armar
ruido con sus máquinas, adaptándoles tubos de escape especiales, para armar más
escandalera, algunos traídos desde muy lejos y costando un “pistón” ó un ojo de
la cara. Son tan especiales, que molestan al personal ajeno a estas
demostraciones; pero a ellos, les encanta. Son como niños haciendo ruido.
Había tiendas típicas en algunos
lugares -gustándome mucho- donde vendían a los chicos estos artefactos
ruidosos, siendo muy aficionados al susto que producen esos artilugios:
bombetas, mixtos de trueno, piedras rodadoras, petardos, cohetes, bengalas -más
luminosas que ruidosas- ruedas, carretillas y mil artefactos, a cuál más
provocativo y maravilloso. Los chicos utilizábamos esos petardos polvorientos,
sin ser fiestas de nada, sino para asustar, en el lugar más inverosímil e
inapropiado y le cortaban la mayonesa al ama de casa o asustaban a los niños de
pecho, a la vez que inducía a los agentes de la autoridad a llevarse la mano a
la cartuchera por si las moscas.
Pero algunas actuaciones tienen
poca gracia a mi parecer. ¿No escucháis de vez en cuando como un bombazo
estando en casa, sin saber el motivo? Y no pasa nada.
Como no sea para cazar o para el
tiro deportivo o la enseñanza,
no nos gustan los estruendos de
las armas de fuego, como los cañones, cohetes, misiles y otras armas con la
carga que traen. Los militares están muy acostumbrados a estos estruendos, pero
tienen poca gracia, siendo harina de otro costal.
Para olvidar tanto petardo,
también somos capaces de hacer otras cosas como escuchar boleros o ver bailar
flamenco.
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