viernes, 22 de mayo de 2026

ECO.90 LOS ESTRUENDOS

Los estruendos, por Marco A. Santos Brandys

 

Desde muy antiguo, a la gente le ha gustado hacer sonidos estruendosos con la intención de provocar, no sucediendo esto al resto de los animales. Nunca hemos visto por ejemplo a un elefante hacer un “estruendo”, como no sea su barrito, o a una vaca hacer un ruido distinto que su mugido o a un león su rugido. Deducimos que el razonamiento y la lógica, admiten mejor estos sonidos que la “irracionalidad” del resto de los seres vivos.

Hemos temido algunos de los estruendos naturales desde la remota antigüedad. Sin embargo, hemos creado ruidos estruendosos artificiales, pues estando bajo nuestro control pensamos poder dominarlos. Quizás porque aquellos venían de los dioses y desconocíamos su estado de humor y carácter. Los truenos de los rayos, los rugidos de los volcanes, los terremotos etc., fueron los primeros escuchados por los humanos y les teníamos pavor, pues generalmente iban acompañados de desastres a los que poco podíamos hacer para evitarlos.

Desde hace milenios, han sonado los tambores de guerra del enemigo para amedrentarnos en la batalla y nosotros, hacíamos lo mismo. Los estruendos eran producidos casi de forma generalizada por tambores y fanfarrias, anunciando cualquier cosa, guerras y fiestas. Los tambores de guerra, han sido para atemorizarnos sonando a lo lejos hasta que los escuchábamos de cerca. Los gladiadores en la arena, los griegos en las olimpiadas y los cartagineses al combate, los oían.

El invento de la pólvora lo trajeron los chinos y hay que ver la cantidad de cosas que inventaron, trajeron y nos siguen trayendo. Todavía vamos a sus tiendas a proveernos de cosas que no encontramos en otro sitio. La pólvora la asociamos a las armas de fuego y a los fuegos artificiales; la importancia del temor a su estruendo, ha ido en aumento. Los ensordecedores cañones atemorizaban a los medievales y si a eso se unía el fogonazo, era el “no va más”, como los espectáculos de “luz y sonido”, que se hacen por la noche para aumentar sus efectos.

Desde los nobles hasta el último de los vasallos, el ruido ha sido el primer provocador de sensaciones, a veces controlada, pero no así para los animales que huyen despavoridos sobresaltados por el sonido amenazador. Una fuerte palmada, hacía desaparecer a los gorriones asentados en las ramas de los eucaliptos de uno de mis lugares favoritos, dejándonos a los presentes con las cagadas soltadas y ganando en ese juego, al que más le cayesen encima.

Los emperadores -¿sigue habiendo alguno que no sea japonés? -, los reyes y otros soberanos, han celebrado sus fiestas, nacimientos, cumpleaños, bodas y defunciones, con salvas de artillería, produciendo el máximo bombo y platillo como diciendo “que se sepa que estoy aquí” y así, hasta lo más bajo del estrato social.

En casi todo el mundo, las fiestas populares, también se celebran con los estruendos de rigor.

Desde los “sanfermines” que comienzan con el “chupinazo”, tenemos múltiples ejemplos.

A los murcianos, les encanta el divertido y ruidoso “Entierro de la sardina” y el “Bando de la Huerta”.

A los valencianos no hay que repetirles dos veces que tiren un petardo para armar la marimorena y desde la “mascletá” hasta el final, todo es pólvora y traca.

En Yecla, las fiestas de “La Virgen”, de “San Isidro”, de “San Blas”… los “tiraores” con sus arcabuces y “salvas” de pólvora, son un buen ejemplo del gusto al estruendo.

Alcoy, está acostumbrada a escuchar estruendos con bastante frecuencia con sus “moros y cristianos”.

Y así, es difícil enumerar la cantidad de fiestas populares en nuestra “piel de toro” con estos efectos sonoros y lumínicos. Desde Andalucía hasta Asturias, de Levante a Extremadura, estamos acostumbrados a oír petardos y cohetes todo el año, pero concentrados principalmente en los meses veraniegos que son los más festivos. Los “pasacalles” de las fiestas populares, siempre acompañados por grupos de tamborileros y charangas, arman lo suyo. Los fuegos artificiales con sus estruendos luminosos, no se los quites a ninguna fiesta popular.

En Mula, en Tobarra y en otras ciudades, el ensordecedor ruido de los tambores en unas fechas concretas es de lo más admirado. Se fabrican tambores de muchos diámetros, desde el más pequeñito para bebé, hasta el gigante que porta el veterano para mostrar su poder. Esta costumbre se puede extrapolar a casi todos los lugares del planeta. Todo se celebra con ruido y cuanto más grande, mejor. Así ha sido siempre y para mi amigo Diego de Mula, no hay parangón.

Desde chiquititos, a los niños les gusta tirar las “bombetas” que arman un estruendo pequeñito, muy apropiado para su edad. Pero pronto, al crecer, se van aficionando a los petardos, cada vez más gordos, solos o acompañados de variados efectos luminosos. Las “piñatas explosivas” y el explotado de globos, es una muestra de la afición de la gente menuda a estas cosas.

A los “moteros”, les gusta armar ruido con sus máquinas, adaptándoles tubos de escape especiales, para armar más escandalera, algunos traídos desde muy lejos y costando un “pistón” ó un ojo de la cara. Son tan especiales, que molestan al personal ajeno a estas demostraciones; pero a ellos, les encanta. Son como niños haciendo ruido.

Había tiendas típicas en algunos lugares -gustándome mucho- donde vendían a los chicos estos artefactos ruidosos, siendo muy aficionados al susto que producen esos artilugios: bombetas, mixtos de trueno, piedras rodadoras, petardos, cohetes, bengalas -más luminosas que ruidosas- ruedas, carretillas y mil artefactos, a cuál más provocativo y maravilloso. Los chicos utilizábamos esos petardos polvorientos, sin ser fiestas de nada, sino para asustar, en el lugar más inverosímil e inapropiado y le cortaban la mayonesa al ama de casa o asustaban a los niños de pecho, a la vez que inducía a los agentes de la autoridad a llevarse la mano a la cartuchera por si las moscas.

Pero algunas actuaciones tienen poca gracia a mi parecer. ¿No escucháis de vez en cuando como un bombazo estando en casa, sin saber el motivo? Y no pasa nada.

Como no sea para cazar o para el tiro deportivo o la enseñanza,

no nos gustan los estruendos de las armas de fuego, como los cañones, cohetes, misiles y otras armas con la carga que traen. Los militares están muy acostumbrados a estos estruendos, pero tienen poca gracia, siendo harina de otro costal.

Para olvidar tanto petardo, también somos capaces de hacer otras cosas como escuchar boleros o ver bailar flamenco.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se ruega NO COMENTAR COMO "ANÓNIMO"