El virus que llega, por José Luis Mozo
Se estaban comiendo las uvas del fin
del año 2019 cuando las voces sabias de la OMS y otras legítimamente enteradas
avisaban de un maremoto sanitario que se venía encima. Un señor con jersey
salía por la tele tranquilizando, informando que se trataba de una especie de
gripe, de la que nos podían caer uno o dos casos, precisamente en Canarias.
Nada tan tranquilizador y democrático
como una información transparente, servida por el gobierno y soportada por
medios muy imparciales y redes a la orden. Algunos insurrectos tuvimos la
osadía de contagiarnos en diciembre del 19, pero claro que el contagio fue de
lo más tranquilo. Y el 13 de marzo nos cayó en confinamiento y el cierre a
ultranza. Para tenernos más tranquilos aún. No sé si fue un accidente en Wuham,
como creyeron los más bien pensados, o un experimento de guerra biológica, como
creyeron los menos bien pensados. Ni sé si había una intención prioritaria de
salvar la fiesta del 8 de marzo. Pero sé que especialistas de universidades
diversas y agencias sanitarias internacionales pintaron la cara al gobierno
español por su desidia para atacar el problema. Y que de la esfera política
surgió de inmediato una enérgica, terapéutica e innovadora medida: la de
echarse la culpa unos a otros.
La situación, ahora, parece estar
soportada por expertos que tranquilizan en primer lugar a los canarios,
asegurando que la sanidad de las islas se ha modernizado hasta el punto de
garantizar por completo la protección ante contagios. Hace ya algunos cuantos
años que un servidor tenía información de primera vista de su capacidad
hospitalaria y era bastante buena. Si hoy es aún mejor, ¿por qué el traslado al
Gómez Ulla? Hay cierto tufo a un previsto y oculto trabajo investigador en todo
esto. Y a la menor ocultación que se produzca, la tranquilidad de los canarios
pueda quedar como la de un pavo en la víspera de Navidad. Hasta la Audiencia
Nacional ha tenido que intervenir para que el programa diseñado se mantenga a
ultranza. La alternativa pretendida debía ser la clásica de la cuarentena, que
en el confinamiento del 2020 no duró 40 días sino 100. No estaría de más que se
difundieran los pareces de los peritos que hayan consultado. Si el señor del
jersey tiene que volver a televisión, a más de un canario –y no sólo a
canarios– le puede dar un pasmo.
Del poder que los aludidos medios y
redes pueden llegar a tener sobre la opinión pública da testimonio la
intensidad con la que se vuelcan los interesados y –supongo– la puntualidad con
la que pagan. Recientemente, a finales de abril, se conmemoraron los 40 años
del accidente de Chernóbyl, en Ucrania. Hemos vuelto a oír y leer que la zona
de exclusión tiene un radio de 30 km alrededor del reactor, que llega casi a la
capital Kiev y también hasta la frontera de Bielorrusia por Jitomir. El número
de fallecidos fueron dos, según una grotesca información de primera hora de
Moscú, aunque en seguida se rectificaron hasta los cincuenta. La OMS y la ONU,
entidades que merecen credibilidad, lo elevaron a cuatro mil, incluyendo
muertes a largo plazo por enfermedades inducidas. Opiniones interesadas, como
de Bielorrusia o de partidos y organizaciones “verdes”, multiplican esta cifra
hasta por cincuenta.
Las causas técnicas pueden leerlas
quien entienda los informes de los técnicos sobre qué pasó con la temperatura y
vaporización del refrigerante, la presión en la vasija de protección –en aquel
antiguo modelo vasija única– y detalles varios. Pero de las causas primigenias
es más difícil encontrar informes. Intervino, ¡vaya por Dios!, la política. El
régimen soviético estaba entrando en un periodo peligrosamente terminal.
Su gran fiesta, el primero de mayo,
se hallaba muy próxima. Varias centrales se encontraban paradas por mantenimiento
indemorable, porque la política no entendía la necesidad del mantenimiento y
casi todas esas paradas eran de urgencia. Por nada del mundo podía faltar en la
gran fiesta de Moscú una lamparita sin encender. Así que ordenaron a Chernóbyl
darle caña.
Los ingenieros se negaron,
conscientes de que podían provocar el gran desastre. Y la respuesta de Moscú no
pudo ser más generosa: darles vacaciones. Hasta el último de guardia se fue a
casa, dejando la central en manos inexpertas, inseguras y obedientes. Y dieron
caña. El resto es conocido, excepto tal vez un detalle que se añadió después. Moscú
está sólo a unos mil kilómetros de Chernóbyl en dirección noroeste. El viento
giró en esa dirección. Y se dispuso un bombardeo masivo de la nube tóxica con
nieve carbónica para provocar lluvia artificial, de modo que la mayoría de la
nube cayó en suelo ucraniano.
A tres días de los cuarenta años de
Chernóbyl se produjo el primer aniversario del gran apagón que nos tuvo aquí en
España al borde de un problema mayúsculo. Yo no sé si ustedes han visto u oído
algún programa que lo rememorase. No presumo de haberlos buscado con mucho
ahínco pero lo cierto es que no los encontré. Y de nuevo los mejor pensados,
que creen en la hipótesis del error –tuvo que ser de bulto– y los peor
pensados, que creemos en el experimento audaz para darnos energía sólo con
fotovoltaicas, que dejara boquiabierta a Europa por el talento de nuestros
estrategas resueltos a cerrar definitivamente las nucleares, negándose al apoyo
que Alemania y Francia están pidiendo para demostrar que los nuevos avances
tecnológicos pueden acabar sin riesgo con los tabúes que antaño, ¡de nuevo
intereses políticos!, crearon.
Y el riesgo de nuestro futuro
energético es el peor de todos, porque con la broma de esta exaltación de las
renovables estamos dependiendo del petróleo y del gas, que ahora el señor Trump
ha ido a tocarlos en lo más sensible, atacando a Irán. Los más optimistas, no
necesariamente bien pensados, quieren creer que el señor Trump ya ha cubierto
su objetivo con sus continuas declaraciones atrás-adelante, que hace moverse el
mercado de forma que, los que tengan información privilegiada, se habrán hecho
muy ricos. Pero lo cierto es que, después de esta movida, si no acaba con el
desarrollo nuclear iraní va a salir fatal en la foto.
Para los mal pensados, ¿recuerdan
cuándo empezó la historia del virus 19? Después que Trump declarase la guerra
-¡comercial, claro!– a China. Lo que siguió fueron ocho millones de muertos en
un radio infinitamente superior a 30 Km de Wuham. ¿Coste? Estaba gastado en la
investigación. ¿Medios? Mil infectados paseándose por el mundo.
Recemos porque Dios ilumine a los
expertos que se van a hacer cargo del barco infectado y no dejen escaparse
ningún bichito por debajo de las puertas con las que los sellen. Y, de paso,
que China se mantenga como está: callada. Así, bien callada, no dude que le
vamos a coger mucho cariño.
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