viernes, 22 de mayo de 2026

ECO.90 CRISTO HA RESUCITADO

Cristo ha resucitado, por A. Fernández García

Ha muerto y ha resucitado una sola vez y ha vuelto a la derecha del Padre a cuyo lado ha estado siempre desde el principio de los tiempos, antes de la creación del mundo, antes que el mundo existiera, siendo coparticipe de la Creación. Declara ante Pilatos que sí es Rey; pero su reino no es de este mundo.

Las autoridades judías dicen que blasfema porque se hace hijo de Dios, lo que transmite serio temor a Pilatos, pero Jesús afirma reiteradamente que el Padre y él son uno; “en verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo” (Jn. 5. 19-20).

El pueblo de Israel estuvo de espaldas al Salvador desde su nacimiento. Cuando los Magos llegan de Oriente a Jerusalén preguntando dónde tenía que nacer el Rey de los judíos, pues habían visto su estrella, reunido el Sanedrín y consultando las Escrituras, contestan a los Magos que es Belén, pero no hacen por acercarse y comprobarlo; en cambio, Herodes sí toma interés y envía allí a sus soldados a degollar todos los niños en Belén y sus alrededores: no quiere rivales.

“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. Ella estaba junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada… La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo. En este mundo estaba y el mundo fue hecho por ella y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Jn. 1. 1-11).

Jesús, nuestro Salvador, nació pobre, vivió y murió pobre; “las aves del cielo tienen nidos, las fieras del campo madrigueras; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Su sensibilidad hacia los inválidos, los enfermos… fue la propia del Hijo de Dios. “Te alabo Padre porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a los humildes, sí, Padre, así te ha complacido”.

Qué gratos y reconfortadores resultan algunos pasajes: “venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt. 11, 28-30).

Veamos su punto de vista de valor universal al prójimo como valor moral supremo en el Juicio final:

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentarán en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y acudisteis a mí. Entonces los justos responderán: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a ti? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

Entontes dirá también a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era forastero y no me acogisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces dirán también éstos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? Y él entonces les responderá: En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.”

¡Oh Dios, Padre eterno, su Hijo unigénito, el Amado, junto con el Espíritu Santo! ¿Qué hemos hecho los humanos para merecer tanto amor, tanta misericordia? Desde el principio has programado enviar a tu Hijo, Jesucristo, a convivir con los humanos. Lo habéis hecho sabiendo que Israel, el pueblo elegido, desde el primer momento no lo recibe y lo persigue con ensañamiento hasta una cruel muerte de cruz; lo has hecho, Señor pidiendo al Padre perdón por los que te han condenado.

Y sabiendo que habías cumplido tu misión en la tierra, entre los humanos, encomiendas tu espíritu al Padre exclamando: “¡Todo se ha cumplido!”.

Te rogamos. Oh Padre, que por mediación de tu Hijo, gracia y la ayuda del Espíritu Santo que los Católicos y Cristianos de hoy adoremos a Dios en espíritu y verdad como Jesús dijo a la samaritana, que cumplamos su nuevo mandato del amor, de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado; y no sólo con los labios, de palabra, sino con toda nuestra alma, con todo nuestro espíritu, todo nuestro corazón, todo nuestro ser.

Un humilde servidor de Cristo.

 

 

SONETO A CRISTO CRUCIFICADO

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Anónimo (s XVI)


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