Y tras Venezuela ¿Qué?, por José Luis Mozo
A los americanos (del norte)
no les gusta nada que les monten las fiestas en sus mismas narices. Han ganado
(e incluso perdido) guerras, de preferencia a miles de kilómetros. La fiesta de
Maduro estaba muy cerca y duraba mucho. Aunque medio mundo se mostrara
altamente sorprendido por su desenlace, al otro medio nos ha sorprendido menos.
Ahora había que preguntarse si
realmente éste es el desenlace o quedan aún sorpresas. Se me ocurre echar una
ojeada a los precedentes históricos, que no son pocos. Elijo el que alarmó algo
el mundo (menos de lo que debería haberse alarmado) y otro que pasó sin
consecuencias.
En el primer caso, líder
indiscutible, está la crisis de los misiles de Cuba. El sistema de defensa
estadounidense llegó a activar el DEFCON2. Significaba que la “disuasión nuclear”
(fundamento de la guerra fría) podía convertirse en cualquier momento en la
“hecatombe nuclear”, o sea, el apocalipsis. Antecedente: en 1960-1961 los
norteamericanos habían instalado misiles nucleares de medio alcance en Incirlik
(Turquía), en las mismas barbas de Rusia, 1800 kilómetros amenazando a Moscú.
Aviones espía americanos U-2 cruzaban impunemente territorio ruso a gran
altitud, suficiente para fotografiar con detalle posiciones de su adversario
pero excesiva para las posibilidades del sistema antiaéreo ruso. En aquellas
fechas, por fin, consiguieron derribar el primer U-2. Algún mal consejero debió
pensar que con tal hazaña quedaban a salvo de los vuelos espías. Mientras
tanto, los patriotas cubanos que habían huido a Estados Unidos piden con
insistencia la intervención a Washington para recuperar Cuba, petición con la que
simpatizan varios generales yanquis. En una operación cosmética difícil de
entender, el presidente Kennedy decide que desembarque primero un contingente
de mil cuatrocientos antirrevolucionarios cubanos, para dar la sensación de
reconquista patriótica. Tras ellos, ya irá el séptimo de caballería a
consolidar la invasión.
La operación aérea de
preparación previa es una verdadera chapuza. Apenas logran dañar algunos aviones
viejos, carne de chatarra. Kennedy ordenar suspender el ataque y retirar del
escenario a todas sus fuerzas. El almirante jefe naval de la invasión, Arleigh Burke,
grita a su presidente: “¡Nosotros llevamos a esos hombres a esa playa y
nosotros tenemos que sacarlos de allí!” Kennedy debió balancearse en su
mecedora y silbar “The Star-Spangled Banner”. Los mil doscientos supervivientes
acorralados en la playa Girón por 15000 efectivos militares castristas tuvieron
que rendirse y ser presa de un futuro difícil de saber pero fácil de suponer.
Así, en 1962 el mal aconsejado
gran jefe soviético Nicolái Jrushchov, que en 1958 había conseguido juntar las
jefaturas del partido y del gobierno en su persona, decidió instalar misiles
nucleares en Cuba, a 100 millas náuticas de la costa estadounidense, la décima parte
de la distancia con la que Incirlik amenazaba a Moscú. Los americanos tardaron
en enterarse menos de un suspiro. El presidente Kennedy ordenó bloqueo naval
absoluto de la isla para que los transportes soviéticos no pudieran descargar
más material de guerra. Moscú ordenó el envío de cuatro submarinos de última
generación equipados con torpedos nucleares. Uno de ellos, el B-59, fue
localizado y acorralado por la armada yanqui. En La Habana, Fidel Castro
pretende exigir a la URSS que apriete el botón nuclear aunque ello cueste la
destrucción completa de Cuba. El guerrillero Ernesto Guevara, apodado “el Ché”,
escribe: “Ejemplo escalofriante el de un pueblo que está dispuesto a inmolarse
atómicamente para que sus cenizas sirvan de cimientos a sociedades nuevas”. Muy
dudoso que al pueblo cubano se le pidiera opinión al respecto y más que pudiera
ser positiva. A la propia censura castrista le debió parecer excesivo. El
escrito durmió años en un cajón y vio la luz con el Ché muerto.
Entre tanto, el capitán del
B-59 Valentín Savitsky, primer oficial al mando, decidió esconderse en la
profundidad silenciosa del mar. Pero con tanto silencio le dio por pensar que
la serenata se había iniciado y no quería perderse ni un compás, así que ordenó
armar sus cabezas de destrucción masiva. Sin embargo, el protocolo soviético
exigía el consenso de los tres primeros oficiales antes de lanzar. El segundo,
Iván Maslennikov, era más bien un comisario político, que no quiso contrariar a
su capitán. Pero el tercero, Vasili Arkhipov, oficial militar, se negó en
rotundo, sufriendo con toda firmeza el acoso de sus dos supuestos superiores
durante treinta y cinco inacabables minutos, tras los cuales se aceptó salvar
al mundo del apocalipsis. Miles de millones de personas le debemos, no sólo
haber nacido, sino conocer el mundo tal como es hoy. Y ninguno como él mereció
en la historia el premio Nobel de la Paz, para el que nunca fue ni candidato.
Un criminal antecesor y compatriota suyo, Iósif Stalin, lo había sido varias
veces.
Jrushchov determinó marginar a
Castro y entenderse vis a vis con Kennedy. La decisión que la parte sensata del
mundo esperaba era que los misiles de alcance medio se retiraran de Turquía y
no se instalaran los de Cuba. Eso fue lo que ofrecieron al mundo, escondiéndole
los anexos del alto secreto. Aquello no acabó con la tensión ni con la guerra
fría, pero sí con su peor momento: el de la humanidad a punto de extinguirse.
En el extremo contrario de
esta balanza estuvo Manuel Antonio Noriega, títere de la CIA, que llegó a
dictador de Panamá y entendió que el mejor modo de enriquecerse a lo grande era
la cocaína. Se hizo amigo del cártel de Medellín. La CIA andaba metida en sus
cosas y no se preocupaba de estas pequeñas flaquezas, pero en 1989, tal vez
vinculado a las consecuencias del derrumbe de la URSS, resolvió prescindir del
títere. Noriega debió creerse que era el amo de Panamá e hizo frente a la CIA.
En un breve plazo, Panamá fue invadido y Noriega capturado, juzgado y condenado
a permanecer entre rejas hasta que hubiera cumplido los 96 años. En el 2008 los
norteamericanos se plantearon para qué necesitaban un preso incómodo, costoso y
olvidado desde largo tiempo atrás. Lo excarcelaron con el pretexto de buena
conducta. Pero no lo pusieron en la calle, sino extraditado a Francia, a un
nuevo juicio por blanqueo de capital. En 2011 lo enviaron a Panamá, donde
también tenía cuentas pendientes, aunque llegó en un deplorable estado de salud
y las autoridades locales lo dejaron en arresto domiciliario. Murió a la edad
de 83. Ni alcanzó los 96 ni su largo y triste final le importó a nadie.
Donald Trump ha recibido una
ovación de gala por parte de los que querían sacar al tirano de Caracas, aunque
la gran pregunta está ahí: “y ahora, ¿qué?”. El asunto Maduro apunta más a un
Noriega que a un apocalipsis, pero entonces llega el señor Trump y participa su
intención de repetir en Groenlandia. Esto sí que me lo tienen que explicar
despacio para que una inteligencia media-baja como la mía lo pueda entender.
¿Hablamos de invadir territorio danés? Dinamarca y USA son socios fundadores en
la defensa del Atlántico Norte, de una organización llamada NATO, que tiene
obligación de defender militarmente a Dinamarca si es atacada. ¿Qué va a hacer
Estados Unidos? ¿Se va a declarar la guerra a sí mismo? O simplemente deshacer
la NATO esperando que la Unión Europea se deshaga a sí misma, algo a lo que yo
tristemente apuntaba en mi artículo del número 83 de esta publicación (abril
2025, relean) titulado “La Europa que se deshace”, víctima de la indiferencia y
escepticismo que la propia Unión ha sembrado en sus 450 millones de habitantes,
con 27 países que van desde el peso medio al evanescente y que por sí solos no
representarían nada en el mundo de los nuevos imperios: China, Rusia y Estados
Unidos. Y no nos peleemos entre nosotros por escoger nuevo amo, porque tal vez
esa decisión ya se ha tomado entre ellos.
Y me permito recordar que la
vacilante política exterior del gobierno español en los últimos 20 años nos ha
llevado, en esa categoría, al peso más evanescente. El grupo de Puebla, que
agrupa a políticos de izquierda radical de los países iberoamericanos, tiene
muchos representados de la región, que lo están con todo su derecho y
oportunidad, pero de Europa sólo hay uno. No les pido que adivinen cuál es
porque seguro ya lo saben. ¿Consecuencia? Después de 60 años de alianza
estratégica, España ha perdido el favor de Estados Unidos que se ha vuelto
hacia Marruecos, donde los han recibido con cariño e ilusión.
Si lo de Groenlandia va adelante, apunten en la lista a Ceuta, Melilla y Canarias, que están en la cola.
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