Restos arqueológicos celtíberos, por A. Fernández García
A las afueras de un pequeño municipio
soriano, que hoy tiene 250 habitantes, se han encontrado dos estelas funerarias
de guerreros celtíberos, que parecen situarse entre finales del siglo II o
principio del siglo I a.d.C. Es sorprendente que estos restos estuvieran
guardados en una nave agrícola de Borobia en 1971. De allí fueron trasladados
al Museo Numantino de Soria. En 2024, juntamente con algunos fragmentos
hallados más tarde, fueron analizados por varios investigadores del Instituto
de Patrimonio y Humanidades de la Universidad de Zaragoza. Sus conclusiones se
publicaron en la revista “Archivo Español de Arqueología”. Se trata de una
estela epistológrafa latina que procede de la Virovia celtibérica.
Los estudios dan a entender que
pertenecen a una lápida y representar a guerreros celtíberos (tropas auxiliares
romanas) del oppidum, ciudadela fortificada de Virovia. Se comprueba que
existió esa ciudad debajo de la actual Borobia por algunas monedas de su ceca.
La ciudad celtibérica tras un
expolio de tres décadas muestra la estela fragmentada que se ha podido
completar; medía unos 140 centímetros; tiene forma de paralelepípedo y fue
trabajada por las dos caras. En ambas, muestra sendos jinetes: uno de ellos portando
una lanza que apoya en el hombro. En uno de los lados se lee la inscripción: “Para
Sempronio Aninio, hijo de Aplonio, Carisio Ambato con su dinero lo pagó”; y
en el otro, “Para Lucio Sempronio Ambato, hijo de Aninio se encargó de
hacerlo”.
Según los autores del estudio
(los doctores Marta Chordá Pérez, Borja Díaz Ariño y Alberto Jiménez Carrera),
la lápida “combina elementos claramente latinos e indígenas”. En varias
de las catas arqueológicas en el castillo de Borobia, en completa ruina en 2018
en niveles muy alterados por la adecuación en época medieval se hallaron
algunos materiales cerámicos celtibéricos que muestran la existencia de un
poblado antiguo. Frente al castillo hay un cerro, El Cabezo, de una hectárea,
lugar idóneo donde en los antiguos construían sus asentamientos, reforzando su
defensa con murallas y fosos.
Los guerreros a caballo, tal como
se ven en las lápidas pueden considerarse arraigados de las poblaciones
autóctonas del valle del Duero y el sistema ibérico en aquella época, que
nuestros expertos situaron entre finales del II y principios del I a.d.C. Les
consta que antes de sus investigaciones habría habido muchas excavaciones
clandestinas. La iconografía del jinete con lanza debió ser habitual de las
élites guerreras de la celtibérica hispana a finales de la Edad de Hierro,
siglo II a.d.C..
El icono de un jinete, seguido de
un sirviente a pie, se hizo muy popular en las estelas funerarias de militares
de caballería desplegados en los límites del imperio.
Como los que encargaron las
lápidas y los fallecidos no guardaban lazos familiares ―sus apellidos (praenomen,
cognomen) no coinciden―, los expertos creen que se trata de “compañeros
de armas que encargaron las ceremonias fúnebres de sus colegas muertos”.
El conjunto epigráfico recuperado
en Borobia hace pensar que se trata de una zona de singular importancia
estratégica en la Antigüedad, “ya que se encontraba en la ruta que
comunicaba las ciudades de Bilbilis [Calatayud] y Numantia [Soria], permitiendo
el acceso desde el valle del Jalón a la cabecera del Duero y, además, disponía
de una notable riqueza minera con evidencias de haber sido explotada desde la
Edad del Hierro”.


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