El fin del año del COVID (2020) -cuento-, por Manuel Rincón
Las fiestas de Navidad y fin de año, tal como las
entiende el Mundo Occidental a día de hoy, se reducen a una serie de
tradiciones que se repiten casi mecánicamente, cada año, y están basadas en
comidas, cenas, regalos y consumismo, pero alejadas de todo sentido de la
espiritualidad que debería caracterizarlas, como ocurría antaño.
Por ello, al llegar esas fechas cada vez me
sentía menos unido a tales celebraciones y solía sumirme en mis propios
pensamientos, mientras paseaba por Madrid.
Aquel año el virus había hecho grandes estragos
entre la población con miles de muertos y la economía había arruinado a muchos
conciudadanos, pero pocos parecían darse cuenta ahora y se aprestaban a
celebrar los ritos de las fiestas como cualquier otro año, de una manera vacua,
sin sentido para mí y sin tener en cuenta los peligros de contagios.
Me dirigí, como de costumbre, a pasear aquella
noche, sin pensar en qué fecha era, cuando las luces festivas inundaban las
calles y muchas personas se daban parabienes e insensatamente se preparaban
para no respetar las normas establecidas por las autoridades sanitarias en sus
reuniones y comidas.
Me dejé llevar por las calles, sin ningún rumbo
fijo, absorto en mis pensamientos. Lentamente me fui alejando de luces y
multitudes y sin saber cómo me encontré en un lugar que se me antojó despoblado
y alejado de todo bullicio y poco iluminado.
Reconocí rápidamente el lugar, era el final de
Reina Victoria, que frecuenté en mi juventud y que últimamente había visto
varias veces después de muchos años por encontrarse el colegio de mi nieto en
las cercanías.
Estaba ante el kiosco “La Hacienda”, que me trajo
a la memoria aquellos tiempos de juventud en los que había pasado tan buenos
ratos en sus mesas, cuando se llamaba “El Parque”. Ahora se le veía abandonado
desde hacía años.
Del entorno habían desaparecido todos aquellos
bonitos chalets de la colonia Metropolitana, casas con solera de estilo vasco y
habían sido sustituidos por horribles edificios de pisos, que afeaban el
paisaje de lo que aquello fue en su tiempo.
Empecé a visualizar mentalmente a mis antiguos
amigos, tal como eran entonces. Los recordaba perfectamente, cuando charlábamos
de nuestras inquietudes juveniles universitarias. Sin darme cuenta una espesa
niebla empezó a cubrir el lugar y de repente desapareció todo de mi vista, solo
aquella extraña niebla cubriendo cuanto podía yo abarcar con mis ojos.
Poco a poco se fue disipando y me encontré
extrañado con un sol radiante que iluminaba el mismo paraje, pero ahora muy
cambiado.
Vi de nuevo los bonitos chalets, y el gran campo
donde había personas volando cometas y niños jugando plácidamente. Estaba el
tiovivo con el carromato donde habitaba la dueña del mismo y donde había
montado muchas veces hacía tantos años.
No me había repuesto de la sorpresa, cuando Pedro
el camarero del kiosco se me acercó y me dijo qué quería, que mis amigos
estarían al llegar. Muy sorprendido le pedí mi habitual té y me senté en una
mesa.
Y en efecto empezaron a llegar mis amigos, tal
como los recordaba. Allí estaban Julián, Jesús, Paco, Antonio, pero también
llegaban las chicas Aurita, Pilarín, y de repente ¡la vi a ella! Sí, pese al
tiempo transcurrido, nunca había faltado un minuto de recuerdo en mi memoria su
persona. Era María Luisa no me cabía ninguna duda, con su maravillosa sonrisa y
un bonito vestido que realzaba todos sus encantos naturales. Había bailado con
ella en varias ocasiones, pero nunca me había atrevido a invitarla a pasear.
¡Que tímido era entonces!
Sin pensarlo ni un momento le ofrecí una silla a
mi lado. Aceptó encantada y empecé a hablar con ella como nunca lo había hecho.
Teníamos una conversación muy fluida. Cuántas cosas había en común que nunca
habíamos compartido. Poco a poco nos aislamos como si en una burbuja nos
encontrásemos los dos solamente, el resto de nuestros amigos habían
desaparecido de nuestra vista.
Le dije cuánto la eché siempre de menos, que me
parecía una persona maravillosa sin la que jamás podría vivir. Ya aquella
timidez había desaparecido. Nos cogimos de las manos y el tiempo pareció
detenerse mientras disfrutábamos el uno del otro. Mientras le contaba mis
inquietudes ella me recordaba aquella película que habíamos visto en el cine,
2001, que recuerdos más deliciosos.
Habíamos perdido la noción del tiempo y de
repente todo era oscuridad. Me ofrecí a acompañarla a su casa, lo que nunca
había hecho. Le declaré una y mil veces mi amor y ella me escuchaba entre
complacida y asombrada. Me dijo que desde el primer momento sabía que éramos el
uno para el otro, aunque me vio indeciso sabía que nos uniríamos en algún
momento y que merecía la pena esperar.
La abracé con pasión y la besé repetidamente. Qué
sensaciones más maravillosas. Cómo no me había podido dar cuenta, qué ciego
estuve. Lentamente la niebla que nos envolvía se empezó a disipar y según veía
emerger los edificios ella se empezó a desvanecer ante mis ojos con su
espléndida sonrisa entre los labios. Me dijo “ya sabes dónde vivo ven a
visitarme”. Estaba aturdido. Otra vez ante el kiosco abandonado.
No sabía qué hacer. ¿Qué había pasado? Lentamente
me fui recuperando. ¿Había sido una alucinación? Todo fue tan real. Aún la
sentía entre mis brazos. Poco a poco fui acercándome a calles más pobladas y
más iluminadas. En un taxi me fui a mi domicilio.
Me vieron muy mala cara. Enseguida pensaron en el
virus. Les tranquilicé, les dije que me había enfriado. En la cama no cesaba de
recordarla. Tras tantos años apartada de mi vida ahora no podía olvidarla otra
vez, ni lo que había pasado hacía unos momentos. Me dije a mí mismo que daría
con ella, que sería mi regalo de Reyes.
Después de una noche febril soñando con que me
llamaba sonriente, me levanté sobresaltado y sudoroso. Buscando entre viejos
papeles di con las señas de mi antiguo amigo Antonio que también la conocía.
Sin pensarlo ni un minuto me personé en su casa.
Aunque hacía tiempo que no nos veíamos nos
reconocimos. El virus no nos había afectado. Después de recordar nuestros
tiempos juveniles le dije si recordaba a María Luisa, la amiga de Conchita la
maestra. Me dijo que sí la recordaba de haber ido con ella al cine alguna vez.
Le pedí si recordaba dónde vivía. Él tampoco
sabía sus apellidos, pero sí la casa en la que vivía en aquella época.
Coincidía el dato con la dirección que ella me había dado la noche anterior
para que la acompañase a su casa.
Con esta valiosa información me despedí de él
dejando para otra ocasión una comida de reencuentro y reiterándole mi
agradecimiento.
Casi temblando llegué a las señas que me había
dado Antonio. No sabía por dónde empezar y si encontraría algún rastro suyo. La
casa era antigua, construida probablemente poco después de la Guerra.
Decidí empezar por el último piso, ya que
portería no había. Uno a uno los vecinos que me miraban con extrañeza, me
dijeron todos que nada sabían de ella.
Ya desesperado llamé a la última puerta que me
quedaba. Me abrió una simpática anciana. Me dijo que llevaba 60 años viviendo
allí y antes habían vivido sus padres. Le conté que quería obtener datos de una
persona llamada María Luisa. Me dijo ante mi sorpresa que una hermana suya se
llamaba María Luisa. No podía dar crédito a lo que oían mis oídos. Lleno de
gozo le dije que dónde podía encontrarla. Me dijo que calmase mi impaciencia
que me iba a enseñar algo que iba a ser de mi interés.
Apareció con un viejo álbum de fotografía entre
sus manos. Y me enseñó antiguas fotos donde reconocí de inmediato a María Luisa
en varias de ellas. Estaba emocionado. Qué suerte había tenido. Me preguntó
cómo era que la conocía. Brevemente le expliqué que fuimos amigos. Y que
siempre había estado enamorado de ella, aunque nunca se lo había dicho. Le
conté incluso la aparición que había tenido la noche anterior. Pensaba que no
me creería.
Me miró muy seria y me dijo que sí me creía. Me
preguntó si me llamaba Manolo. Sí, contesté, ése es mi nombre. Y empezó a
llorar. María Luisa me habló mucho de ti. Eras su gran amor, pero no conseguía
trasmitírtelo.
Murió pronunciando tu nombre me dijo llorando. ¡Pero
no puede haber muerto!, dije estupefacto. Sí Manolo, cuando vino el virus ella
se reincorporó a su trabajo de enfermera en el hospital. No había ni
mascarillas ni guantes. Fue una de las primeras contagiadas. Murió en mayo, no
había esperanza de tratamiento ni de vacuna.
Estaba desolado. Por unos meses no se habían
cruzado nuestras vidas de nuevo. Su hermana creía todo lo que le había contado
yo sobre mi visión del día anterior. Le di las gracias emocionadamente. Le pedí
una de las fotos donde ella estaba y prometí devolvérsela pronto.
Aunque era Nochevieja, me dirigí de nuevo al
viejo quiosco, sin saber por qué, un impulso irracional me llevó hasta allí.
Estaba destrozado. Apoyado en el quiosco contemplaba su foto. No podía apartar
de mí su imagen y repentinamente pareció cobrar vida. Adquirió color, creció en
tamaño y ante mis atónitos ojos apareció ella sonriendo, tal y como estaba en
mis recuerdos.
«Manolo, mi comportamiento al dar mi vida por los
demás en el hospital ha tenido recompensa.
Se me ha permitido volver esta noche tan especial
y he venido a hacerte un ofrecimiento: ¿Quieres venir conmigo para siempre
esta vez?» Emocionadísimo le dije que sí, sin dudar. Dame
la mano, me dijo sonriente. Y de repente todo se difuminó, solo estábamos ella
y yo unidos en un abrazo eterno.
Epílogo.
Recorte de El Confidencial el 1 de enero de 2021.
“Hombre encontrado muerto por causas naturales al final de la Avenida de
Reina Victoria. Su mano se aferraba a una antigua fotografía de una
desconocida. Puede que su muerte fuese debida al coronavirus. Sus parientes
habían alertado de su desaparición”.


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