Mujeres de armas tomar (I), por Ildefonso Arenas
A lo largo de la historia son
cantidad las mujeres que han saltado sobre las limitaciones impuestas por los
hombres y sobre todo por los sacerdotes (de cualquier confesión; en despreciar
a las mujeres son todos iguales), y se han unido a los soldados en defensa
propia, en la de los suyos y en la de sus países. Hay numerosos ejemplos,
aunque no pocas de estas mujeres son míticas.
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| Juana de Arco |
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| Agustina de Aragón (Goya) |
Las de carne y hueso, y existencia contrastada, no son muchas. Destaca la francesa Jeanne d’Arc (aquí se le llama Juana de Arco, por nuestra prepotente costumbre imperial de traducir los nombres propios), que por su valor demostrado ante los ingleses terminó muy hecha, sujeta de un poste en la plaza mayor de Rouen; la iglesia católica la canonizó, y el estado francés dio su nombre a más de un gran barco de guerra, si bien para muchos no fue más que una pobre chica esquizofrénica que nunca mereció se la tomaran tan en serio.
Otra muy notable fue la prusiana Eleonore
Prochaska, que en 1813, durante la guerra contra Francia, se alistó como
fusilero en un regimiento de infantería. No habría pasado a la historia, como
tantas otras a las que no les pasó nada, de no haberla matado un cañonazo, y
así se descubriera que no era fusilero sino fusilera. Sigue siendo, gracias a
eso, una figura icónica en la cultura militar alemana.
En España tenemos algún buen
ejemplo, como Agustina de Aragón, aunque sin duda el más conspicuo es el
de Catalina de Erauso, más conocida por ‘la monja alférez’. En fin, que
la historia señala cantidad de casos, aunque no de un modo masivo.
Las mujeres de armas tomar dejaron de ser anecdóticas para transformarse en comunes a raíz de la segunda guerra mundial, cuando algunos gobernantes decidieron que convenía tomárselas en serio. El que más se distinguió en eso fue el padrecito Stalin, cuyo gobierno altamente progresista un buen día decidió abrir a las mujeres las puertas de sus fuerzas terrestres y aéreas. En las primeras no sólo se les confiaron camiones de suministros, sino que hasta se habilitaron regimientos acorazados tripulados por mujeres, y con éxito. Una de las especialidades donde las mujeres no ya triunfaron, sino que igualaron e incluso superaron los registros de los hombres, fue la de tiradores escogidos o ‘snipers’.
En las fuerzas aéreas, de siempre más espectaculares, destacaron como bombarderas y como cazadoras. Con las bombarderas se crearon tres regimientos de bombardeo, de mérito asombroso. Les dieron unos anticuados biplanos de carlingas abiertas donde sus dos tripulantes pasaban un frío espantoso. Volaban de noche, llevando a cabo en cada una varias misiones; así, hasta que amanecía. Se acercaban volando muy bajo a las posiciones alemanas, apagaban el motor y se deslizaban planeando hasta donde pensaban soltar sus bombas. Al tiempo de hacerlo encendían el motor, para huir a lo que daban sus aviones, que no era gran cosa (un 600 andaba más). El propósito de lo que hacían no era matar alemanes, porque a menudo no daban una. Era no dejarlos dormir, y en eso de veras que triunfaron. El ruidillo que hacían sus biplanos, al planear, a los alemanes les sonaba como el barrer de una escoba. Sabido es que el medio de transporte favorito de las brujas es la escoba, y de ahí que las bautizaran ‘Brujas de la Noche’, apodo que a ellas les encantó y que hicieron suyo con el mayor orgullo. Un último detalle: casi todas eran monísimas, además de jovencitas, tanto que cuando los alemanes capturaban alguna dudaban entre fusilarlas o ponerles un piso, al estilo de algunos ministros progresistas.
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| Lilia Litviak |
Las cazadoras fueron menos y en general no muy afortunadas, aunque hubo una excepción: la de veras preciosa Lilia Litviak, de 22 añitos, apodada ‘Rosa blanca de Stalingrado’, cosa incorrecta porque la flor que llevaba pintada en el fuselaje no era una rosa, sino un lirio. Llegó a derribar doce aviones alemanes, buena parte de caza, e incluso se cobró un ‘experte’. Un buen día desapareció en combate. Su cadáver momificado apareció medio siglo después enterrado en un lodazal, dentro de los restos de su avión. Ni que decir tiene que es una heroína nacional rusa, no sólo un vulgar héroe de la Unión Soviética, de los que hubo muchísimos.
Los alemanes tardaron más en tomárselas en serio. Sólo la presión de los bombardeos aliados a partir del verano de 1943 les llevó a tenerlas en cuenta (Göring, además de todas las virtudes que le adornaban, tenía la de ser un machista redomado). Terminaron operando la práctica totalidad de los reflectores de la artillería antiaérea, y buena parte de sus piezas ligeras, las de 20 y 47 mm. Para mejor valorar lo que aportaron a su país, se calcula que fueron cerca de 90.000.
También las hubo que volaban, las
llamadas ‘helferinen’, pero fueron pocas y se limitaban a llevar
aviones nuevos o recién reparados de las fábricas y los talleres de
mantenimiento a las bases aéreas. Esto último lo hizo también la USAAF o fuerza
aérea del ejército de los Estados Unidos, que en 1943 creó un servicio llamado WASP,
integrado por mujeres, para llevar aviones desde las fábricas a los puertos
donde los embarcaban para llevarlos a los diferentes teatros de operaciones.
Aunque fueron muchas nunca terminaron de valorarlas, lo que se sustanciaba en
que les pagaban el 65% de lo que ganaban los pilotos machos por hacer el mismo
trabajo y, a menudo, de un modo notablemente chapucero, mientras que las WASP
siempre lo hicieron de una forma impecable.
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| Pilotos WASP |
Quienes se lo tomaron más en serio fueron los británicos, que ahí también demostraron ser los más listos. Sucedió que allá por 1937 Churchill, que pese a llevar en su estela el desastre de los Dardanelos veía mucho más lejos que sus iguales, dijo un buen día, entre las muchas perlas que dejó a la posteridad, ‘la consecuencia de no hacer nada es que cualquier día te harán algo’. Lo decía no sólo pensando en Hitler sino en la Luftwaffe, porque tenía el pálpito, a la vista de lo que sucedía en España, de que la guerra que cualquier día Alemania les declararía sería fundamentalmente aérea. A su impulso, y al de no pocos que pensaban como él, se debió que la pujante industria aeronáutica británica, en la que había más de 30 firmas que construían todo tipo de aviones, se dispersara por el país en fábricas pequeñas, a menudo con una sola línea de producción.
(continuará)

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