LA SIESTA, por A. Fernández García
Una cabezadita al terminar de comer… ¿es un derecho o un pecado mortal? En la sociedad actual, el descanso a mitad del día está cada vez más cercado por la productividad y el aprovechamiento de cada minuto. Pero quizás haya llegado el momento de rebelarse, aprovechar bien las horas de tu vida y parar.
¿Has
comido bien? ¿Tienes un rato? Entonces, pon el móvil en modo avión, túmbate y duerme.
Arráncale a tu jornada un momento de suspensión. Un dominio pleno sobre ti mismo.
Para. Descansa. No pasa nada. Échate una siesta. No calcules el tiempo, dale el lujo a tu cuerpo de que
decida por ti el momento en que volver a abrir los ojos. En justa recompensa a que
ha sido él, no tu voluntad, quien decidió cerrarlos. El sofá del salón está bien,
con la tele baja, aunque, mejor, apagada. Preferible el cuarto, tu cama, tu colchón,
ligero de ropa o como decía Camilo José Cela, por qué no, una de pijama, padrenuestro
y orinal. Pero también en la playa, tendido en el campo, a la sombra de un árbol,
con el murmullo del viento o las olas del mar. Sueña si quieres, de hecho, vas a
soñar, pero mejor no interrumpas ese rato con pesadillas o interferencias desconcertantes.
Cuando despiertes, si estás de vacaciones, nadie sospechará de ti. Pero si andas
en periodo activo, arréglatelas para hacerlo igual, sin complejos, ajeno a cualquier
atisbo de culpa. La siesta no es un invento, es una necesidad. Si no lo percibes
así, probablemente actúas contra natura. O te engañas imbuido en otro sueño equivocado
de autorrealización por medio del destajo que probablemente nunca llegará.
Cuando
muchos escuchan la palabra “siesta”, viene a la mente una buena costumbre, y ahora,
en los escasos resquicios de esta vida desaforada, un privilegio. Sin embargo, su
significado se ha transformado en los últimos tiempos: hoy resulta algo parecido
a una insurrección.
(continuará)
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