Dos calles de Murcia, por Marco A. Santos Brandys
Todo y nada ha cambiado. Trapería
y Platería siguen siendo el pulso de una ciudad que no cesa de mudar su
piel, pero que, aun así, conserva toda su esencia a través de los años.
Siguen en mi memoria los comercios y tiendas que se fueron: Fotos López que exponía las fotografías de sus últimos reportajes; Relojería Reus, del padre de mi amigo Manolo, que vendía el Certina DS “el reloj más fuerte del mundo”; La Jovita, Camiseria Inglesa, Heladería Sirvent con aquella guapa dependienta de verdes ojos, y el Hostal Hispano con esa mujer de mirada perdida sentada en su puerta; Muebles López-Briones de familia tan amiga, y frente a las peceras del Casino se encontraba “La Dalia Azul”, bazar que se tornó con los años en “Chys” de mis primos los Fernández-Delgado, y al lado “La Covachuela” ese pequeño local donde nos parábamos a mirar las portadas expuestas de la prensa y revistas.
No olvidaré el bar “Drexco”
de don Paco, que por su volumen se sentaba sobre dos de sus sillas y en cuya
terraza se sentaban hombres desocupados a ver pasar a la gente.
La Optica Anciones,
Galán Joyeros donde cambié por 100 pesetas un pendiente de oro
encontrado en la playa para poder invitar a la Feria a la niña que me gustaba;
la Librería General, la joyería de Torres Gascón
donde al poco de casarnos compré un tresillo de brillantes, El Blanco y
Negro de Espíritu Zamora, la suerte que nunca toca de El Gato
Negro; la sombrerería Ruiz Funes donde papá compraba sus
elegantes sombreros, los paños de Los Portales o de La
Saldadora; la Sociedad de Cazadores con hombres
apoltronados tras sus cristaleras, y enfrente “Mi Bar”, Electrodomésticos
Navedo y la Panadería Guillén donde comprábamos sus
torras de chicharrones, y llegábamos a la plaza de Santo Domingo y
continuábamos por el “Tontódromo”, trayecto que los adolescentes, en un
continuo ir y venir, nos saludábamos con las chicas hasta, por fin, decidirnos
a acompañarlas.
Las 4 esquinas abre la Platería
hacia San Bartolomé, y allí estuvo la modernidad de la escalera mecánica que
instaló “La Alegría de la Huerta”, donde las señoras compraban de todo y se
convertía en una inmensa ilusión para los críos de ojos abiertos ante el
juguete soñado.
Los bolsos y complementos de “López
Jiménez” donde al casarme compré una bonita vajilla inglesa; los trajes
y camisería de Boyman, de Medina, de Flomar.
Aquel paraíso de la niñez que fuera el “Bazar Murciano” donde
comprábamos los balones “de reglamento”, los patines y juguetes de todas clases
... La tienda de ultramarinos de la familia Alcázar; Plumas
López, muy amigo de mi padre, donde me compró una estilográfica Parker,
los hilos de Hijos de Antonio Zamora, la tienda de ropa masculina
de la misma firma donde estaba mi amigo Antonio, en la que permitían la prueba
en casa. El aroma a lapiceros y goma, blocs y papeles de todas clases de Sucesores
de Nogués y aquel escaparate plagado de golosinas que Sánchez
Pedreño exhibía en vísperas de Reyes Magos en su comercio de
ultramarinos finos (como rezaba su rótulo). La Joyería Alguacil;
la tienda de Giribert, las lámparas de Rubio en los
bajos del demolido Palacio Riquelme, “Las dos banderas“ donde nos
compraron los irrompibles zapatos Gorila; la Farmacja Ruiz-Seiquer
y el edificio de la Cámara de Comercio con el Bar Dunia
donde comía con mi padre algún día de verano que venía desde la playa; la Confitería
de Alonso y en ella, sus pastillas de café con leche y merengues de café y
de fresa; la Casa del fumador, y para ver nada mejor que las
gafas de óptica Belo …
Tiempos y negocios que quedaron
para el recuerdo en una ciudad hambrienta de modernidad. Las campanas de San
Bartolomé, tañidas por Juan el sacristán, hacían levantar el vuelo de las
palomas.
Volver al paseo dominical tras la misa de 12 de una ciudad silenciosa transitada por señoras con velo y misal por calles sin coches, que, como la vida, cambian sin cambiar.
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