Discurso del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados (I), por A. Fernández García
Publicamos el mensaje del Pontífice
al Parlamento español en el que defiende la dignidad humana frente al poder. "España
puede ofrecer mucho en este camino" afirma el Papa León.
El Papa León XIV ha pronunciado un
discurso histórico este lunes 8 de junio ante las Cortes Generales, siendo la primera
ocasión en que un Pontífice toma la palabra en el Congreso de los Diputados. El
jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano se ha dirigido a diputados, senadores
y representantes de las principales instituciones españolas durante una sesión conjunta
celebrada en el Palacio de las Cortes.
A su llegada desde la Nunciatura Apostólica,
León XIV ha sido recibido por la presidenta del Congreso, Francina Armengol; el
presidente del Senado, Pedro Rollán; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez;
y otras autoridades del Estado. Ante ellos, el Pontífice ha pronunciado una intervención
llamada a convertirse en uno de los momentos más significativos de su visita oficial
a España. Este es el texto íntegro de su discurso:
“Agradezco a la Señora Presidenta
sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido
con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este
histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional,
jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo
de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al
Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y
de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar,
en diálogo con los pueblos y con los Estados.
Mi presencia entre ustedes quiere
ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una
palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la
humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de
cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los
hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace
respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de
quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades
terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente
desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común
y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica
humanitas, 18- 19).
En este hemiciclo se da forma jurídica
a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando
es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima
diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta
decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad
construye esas leyes.
Ante esta cuestión, España posee una
memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo
con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición
y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades,
en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de
su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad,
practicar la justicia y ordenar la vida común.
(continuará)
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