jueves, 7 de noviembre de 2019

ECO.50 VIAJE A LA ALCARRIA (I)

VIAJE A LA ALCARRIA (I), por A.F.García

Por supuesto, con este osado título, no pretendo emular aquel viaje de Camilo José Cela. El mío, con poco más de treinta horas por aquellos parajes, fue mucho más breve y con más comodidad que el inmortalizado por el Premio Nobel. Sigue siendo la España interior, más vaciada que entonces; pero algo no ha cambiado, lo más importante: el encanto mágico de su paisaje, el sabor rancio, de sus pueblos y villas y sus castizas calles. Sobre todo, la cordialidad y llaneza de sus gentes.

Complejo palaciego visigodo

Según avanzaba en la ruta no dejaba de pensar e ir seleccionando aquello que pudiera ser objeto de una visita en grupo para las personas de nuestra Asociación. Así, en Zorita de los Canes estaba el imponente castillo, los restos de Recópolis, la “Versalles de Leovigildo” y por supuesto la pequeña y bella villa.

Me disculpé ante la amable guía diciendo que su colega de Pastrana me había insistido que llegara antes de las 12 al Palacio Ducal. No era una falsa excusa, pues no me sobró tiempo.

Este palacio se empezó a construir a partir de 1541, fecha de su adquisición por Ana de la Cerda y Castro, abuela de la princesa de Éboli. El proyecto, obra de Alonso de Covarrubias, de estilo renacentista, no llegó a finalizarse. Destacan el azulejado de Toledo y los bellísimos artesonados del techo de varios salones de estilo plateresco.

La guía nos recomendó ver los tapices por la tarde. Al despedirme, le di un boletín y, como siempre, le hablé de lo que hacemos.

Vista panorámica de Pastrana

Enfilé la Calle Mayor, a pocos pasos me topé con el menú del Mesón Castilla. Acerté a encontrar una pequeña mesa libre. Tomé posición. Enseguida se acercó una mujer joven y tomó nota. Al momento, tuve en la mesa agua y vino.

Mientras apagaba la sed y degustaba el vino, admiraba los ágiles movimientos entre las mesas de esa chica a la que sobraban no menos de 25 kilos.

En ese momento veo que mi móvil se enciende. Lo aplico al oído. Una grata voz desconocida, pero con un acento familiar, se queja de que no haya llegado ni llamado al hotel. Admití mi culpa y la de mi móvil y le dije, por decir algo, que iría sobre la cinco. “la habitación está lista por si le apetece una siesta ¿dónde va a estar usted hasta esa hora con este calor? Bueno venga cuando quiera”. Es lo mejor que podía oír en aquel momento. “en hora y media estaré ahí”.

Antes de ese tiempo me levantaba de la mesa, mostraba mi satisfacción a la camarera y le preguntaba por el aforo del comedor. Me respondió con la seguridad de quien es responsable: “Para unas 40 o 50 personas; pero si piensa usted venir con algún grupo, mejor se pone en contacto con nosotros, porque tenemos otro comedor que le pueda interesar”.

Había recibido instrucciones precisas de quien me iba a recibir, una joven morena, de bellos ojos negros y exquisito trato. A mi curiosidad me responde que es búlgara, lleva varios años en España y se llama Valentina, pero su nombre no es con “B”. Tardé en comprender que para ellos “B” y “V” no suenan igual.

Creí estar solo en el hotel hasta el desayuno por la tranquilidad y el silencio; pero tal vez estaría completo. Parecía apetitoso cuanto había en la mesa y resultaba difícil no hacer honor al obsequio de quien te lo ofrecía como obra de sus manos o producto de esa villa.

(continuará)

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