sábado, 20 de mayo de 2023

ECO.72 SOMETHING STUPID -relato-

Something stupid -relato-, por Marco A. Santos Brandys

No me refiero a la bonita canción de Frank Sinatra y su hija Nancy, cantada al alimón y que yo intenté, sin conseguir, hacer lo mismo, sino de una verdadera tontería.

Una noche, quizás influenciado por la lectura sobre las fiestas gastronómicas que el emperador Nerón celebraba en su “Domus Aurea”, empecé a imaginar recostado en estado de REM, que asistía como invitado, a una fiesta junto con la gente más variopinta que uno pueda imaginar.

En ella, realizada en un gran espacio ni interior ni exterior, rodeada de grandes columnas, había en el centro unas mesas con cuencos de comida que yo desconocía, pero en la que destacaba una enorme fuente de viandas, adonde muchos invitados se acercaban para probar. Los camareros, de rigurosa etiqueta, no servían la comida, sino que eran simples invitados sin poder catar las viandas, siendo meramente observadores y vigilantes.

Para poder probar ese plato, que yo imaginaba suculento, habida cuenta de la profusión de comensales que se acercaban con sus platos para servirse, había que poner encima del “mejunje”, una pequeña porción de una espacie de pimentón, siendo necesario “quemar” con aceite hirviendo, poniéndolo en un cazo solo utilizado para ese menester, y hacer alguna que otra operación necesaria no conocida por mi y que no me atrevía a preguntar, para no demostrar mi ignorancia.

Mi mujer, había venido conmigo pero estaba con un grupo de amigos pasándoselo estupendamente, disfrutando del delicioso manjar en ese insólito lugar. Me acerqué a ella solícito, para pedirle que me sirviese un plato que yo no sabía preparar, contestándome ella:

- "¿Es que eres manco?”, alejándome con su respuesta del sonriente grupo que me miraba insolente.

Me entristeció su respuesta, estando acostumbrado a ser atendido por ella en estos menesteres, mientras continuaba absorta con sus risas entre amigos y saboreando el extraño bocado. Dando otra vuelta entre los invitados, descubrí a una venerable anciana, raramente parecida a mi abuela, que siempre me ayudaba también en estos menesteres, recostada en una “chaise longue” como “Madame Recamier” en el famoso cuadro de J.L David, y estando algo indispuesta por la excesiva cantidad del producto de la vid ingerido, solo la escuchaba decir:

- “¡Está riquísimo, riquísimo…!” y no había forma de poderla levantar por su “indisposición” Me dirigí a los camareros, diciéndome que estaban allí solo para mirar, no pudiéndome servir tan apetitoso plato.

Me dirigí de nuevo dubitativo hacia otro lugar, en donde había otro manjar, parecido al “caldo gallego” tan bueno, que se lo habían comido casi todo, quedando solo unos pocos garbanzos fríos, optando por ponerme cuatro de aquellos viudos perdigones por no irme sin catar nada. Después de comer aquellas cuatro y frías legumbres y teniendo hambre, volví al lugar donde estaba el primer plato que había que sazonar con aquel “pimentón” y quemar con un cazo de aceite hirviendo. Pero no habiendo nadie para ayudarme, opté por hacerlo yo mismo sin saber el secreto de su preparación, probando la pócima y…

En ese momento, pasé de REM al estado de somnolencia y más ligero sueño, con un extraño sabor en la boca y algo enfadado con mi mujer que se removía inconsciente al otro lado de la cama. Me desperté sobresaltado, mientras algo baboso y pegajoso deambulaba por entre la comisura de mis labios…

Ya en estado de semiconsciencia o inconsciencia, una vez quitado el insecto de la boca, y una vez repuesto, recordé un hecho que tenía olvidado sucedido en mis primeros tiempos de trabajar en Instalaciones Deportiva de la Comunidad Autónoma.

Mi amigo Pepe P.., era hijo de un industrial muy conocido de la región, llamado Fulgencio. El tal Fulgencio, era un genio de los negocios, teniendo numerosas propiedades: una gasolinera muy conocida, una cantera a pleno rendimiento… y una empresa de construcción “F…” contratada para algunos trabajos de la Administración regional, en donde yo estaba.

San Fulgencio fue un obispo hispano del siglo VI, venerado como santo en Cartagena el 16 de enero. De ahí que este día sea el que se celebra su santidad. Fue uno de los Cuatro Santos de Cartagena -Isidoro, Leandro, Fulgencio y Florentina- muy venerados en esa ciudad y su entorno, razón por la cual, el padre de mi amigo, lo celebraba por todo lo alto, con una fiesta en su finca “Los Infiernos” -¡vaya nombre para celebrar un santo!- lugar muy conocido.

A esa fiesta, muy reconocida en la Región, asistía “todo el mundo” que era alguien en cuanto a industriales, técnicos, contratistas, políticos y amigos se refiere, Y hacia allí me dirigí con otro compañero de oficina, también invitado. La fiesta duraba todo el fin de semana, pero nadie podía estar en ella los dos días, por el cansancio desmesurado que producía. Lo normal es que fueses a comer y volvieses a tu casa, aunque podías volver otra vez al día siguiente y repetir la jugada.

En la finca, habían dispuesto cantidad de medios bidones metálicos anclados al suelo, en donde parrillas con fuego de leña y carbón, se cocinaban los distintos productos de la “matanza” del cerdo que allí se realizaba, acabando las jornadas con la vida de varios animales y allí mismo degustados. Jamones, lomos, morcillas, salchichas, costillas, chuletas, orejas, chorizos y demás viandas, eran preparadas por los matarifes en los obradores adonde ibas a pedir tu ración y llevarla a las parrillas y te la cocinabas tú mismo a tu gusto en una especie de autoservicio que se iba repitiendo continuamente a lo largo de la jornada. Había en otros sitios, tomates, lechugas en “perdiz”, aceitunas, pimientos y otros vegetales y panecillos “a gogó” y consumidos según el gusto de los asistentes. Podías hartarte con vino del país y cerveza que no acabarían ni Dionisos ni Baco.

Terminada nuestra jornada -no para parte de asistentes que allí continuaban- volvimos para casa con nuestros regalos de conmemoración. A la salida a la carretera, un retén de la G.C. miraba detenidamente a los que salían del recinto, diciendo simplemente mientras un “número” miraba fijamente a los ojos del conductor, a través de la ventanilla del coche:

- “Conduzca con cuidado…

Claro que eran otros tiempos.

Una verdadera tontería, la de hoy, contada en un mundo repleto de ellas, todos los días.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se ruega NO COMENTAR COMO "ANÓNIMO"