jueves, 19 de marzo de 2026

ECO.89 UN MOVIMIENTO RELIGIOSO MEDIEVAL: BEGUINAS Y BEGARDOS (III)

Un movimiento religioso medieval: Beguinas y Begardos (III), por Francisco Mendiguchía

 

(continuación)

 

En Colonia se conocen algunos documentos más precisos, y así se habla de que, en 1223, dos hermanas pertenecientes a una familia local muy importante, Elizabeth y Sophie, vendieron parte de sus propiedades para fundar la primera casa de beguinas (se sabe que a Sophie le correspondió la doceava parte de una casa con su patio); a estas dos se les sumó pronto otra beguina llamada Rigmunde, que también vendió la sexta parte de una propiedad similar.

Lo cierto es que el movimiento de las beguinas se expandió rápidamente. Para hacernos una idea, se calcula que en los siglos XIII y XIV llegaron a constituir el 5% de la población femenina de los Países Bajos, habiendo beguinajes que albergaban hasta 800 beguinas. El Papa Juan XXII, en una carta dirigida a Juan, Obispo de Estrasburgo, en el año 1321, calculaba en 200.000 el número de ellas.

Uno de los motivos aducidos para explicar el fenómeno es que en aquella época de gran misticismo, los conventos estaban superpoblados y no podían admitir a todas las mujeres que pretendían entrar en ellos, por lo que, bien solas, bien en el hogar paterno o bien agrupadas en casas, empezaron a vivir una vida monástica en torno a una capilla, un hospital e incluso cerca de un convento masculino, para aprovechar sus servicios religiosos. Además se produjo un curioso hecho demográfico: un excedente anormal del sexo femenino en las clases de la nobleza y de la burguesía, siendo posiblemente las guerras las responsables de este fenómeno.


 

En el año 1243, Mattehew Paris, examinando la situación religiosa de Europa desde el monasterio inglés, hizo una anotación en su “Chronica Majora” a la que dio una gran importancia:

En este tiempo y especialmente en Alemania, cierta gente, hombres y mujeres, pero especialmente mujeres, han adaptado un tipo de profesión religiosa, pensando una vida monástica ligera (esa es la palabra que utiliza), que se llaman a sí mismas religiosas y hacen una promesa privada de continencia y de sencillez de vida, sin seguir la regla de ningún santo, ni estar confinadas en un convento. Se han multiplicado tanto y en tan poco tiempo, que han sido censadas en Colonia y pueblos vecinos más de 2.000”.

 


Robert Grosseteste, Obispo de Lincoln en aquellos tiempos, predicó un día a los franciscanos, según relata el cronista de la Orden Thomas Eccleson, que las beguinas hacían una vida ejemplar y vivían la pobreza aún mejor que ellos y aún les dijo en privado que deberían vivir de su propio trabajo, igual que las beguinas.

Tanto a Mathew como a Grosseteste, les impresionó este nuevo y extraño fenómeno, ya que el movimiento de las beguinas difería substancialmente de otros movimientos anteriores dentro de la Iglesia occidental.

Se trataba básicamente de un movimiento de mujeres, no de un simple apéndice femenino que recibía su impulso, dirección y principal soporte de Órdenes masculinas. No tenían una regla definida de vida, ni tenían, en sus principios, autorización de la Santa Sede.

Tampoco tenían organización ni constitución, no pretendían ningún beneficio ni buscaban protectores y sus votos no eran más que una declaración de intenciones, no un compromiso irreversible a una disciplina sometida a una autoridad y sus adheridas podían continuar con su trabajo ordinario en el mundo.

Realmente algunas de las Órdenes religiosas (franciscanos, agustinos, dominicos) habían comenzado también así, con unas intenciones poco definidas, pero las beguinas representaban algo nuevo frente a la autoridad eclesiástica, aunque, como ellas, eran una consecuencia del fermento popular de cambio que estaba apareciendo en la Iglesia, ya desde mediados del siglo XI.

Se intentó ensuciar el nombre de beguina, tachándolas de herejes y sufrieron alguna persecución en los primeros momentos, pero eran evidentemente inocentes. No tuvieron nunca una postura de oposición a la ortodoxia ni tampoco ideas teológicas propias, no poseían ninguna “revelación” y sí un deseo sincero de vivir religiosamente.

Para evitar estas persecuciones, el cardenal James de Vitry, que escribió una “Vida de María d’Oignies” (1177-1213) en la que resaltaba su imitación a Cristo y su devoción por la infancia de Jesús, las tomó bajo su protección y obtuvo en 1216, la aprobación del movimiento por el Papa Honorio III (el mismo que aprobó la Regla de San Francisco) y también la autorización para extenderse a los países que quisieran.

 

Ahora bien, ¿Qué puede decirse de una Orden que no era una Orden? ¿Qué función hizo y qué gente fue atraída? ¿Qué contribución hicieron al cristianismo medieval?

En primer lugar, dio a muchas mujeres la oportunidad para un fácil retiro de las tormentas y frustraciones de la vida secular y les ofreció una amplia selección de ocupaciones religiosas y caritativas (hospitales, asilos, orfanatos) con un mínimo de complicaciones, al mismo tiempo que las permitía ganarse la vida con trabajos como el de las beguinas de Brujas, que se dedicaban a la industria textil, exactamente el apresto de paños.

Se conservan todavía protocolos describiendo el sencillo acto de la iniciación: la aspirante aparecía ante el párroco, el delegado del obispo, el rector de los franciscanos o el prior de los dominicos, que tomaban su juramento expresado de muy diversas formas. Algunas decían solamente que “se ofrecían a Cristo”, otras que “deseaban vivir su vida religiosamente” y otras, un poco más explícitas, que “querían servir a Nuestro Señor Jesucristo con el hábito de beguina”.

Frecuentemente renunciaban al matrimonio y hacían voto de castidad, aunque otras expresaban también su deseo de dejar abierta la posibilidad de un posterior cambio de inclinación.

La ceremonia de iniciación tenía lugar después de una Misa y entonces, el confesor de la nueva beguina le ofrecía la vestimenta de beguina ante el altar y ella hacía la promesa de llevarla como una joven dedicada y ofrecida a Dios. (Hoy en día se conservan bastantes de estas fórmulas en los archivos de la ciudad de Colonia).

 

(continuará)

 



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