Mujeres de armas tomar (II), por Ildefonso Arenas
(continuación)
A diferencia de lo que hacían
franceses y alemanes, empeñados en construir grandes factorías fáciles de
bombardear pero mucho más aconsejables en el plano económico, a partir de 1937
los británicos se pusieron a construir docenas de factorías diminutas y
difíciles de identificar desde un avión de reconocimiento, porque no parecían
más que un par de barracones agrícolas en medio de un prado y sin pistas de
despegue, ya que los aviones de por entonces aterrizaban y despegaban sobre
campos de hierba. En el verano de 1939 ya pasaban de cien las fábricas donde se
construían aviones militares de todo tipo, más unas docenas de talleres de
mantenimiento donde además de cuidar de los aviones cuando llegaban allí, a los
recién fabricados les instalaban el armamento y los accesorios que no venían de
fábrica, como los equipos de radio y los de puntería. El ritmo de construcción
se había incrementado de un modo asombroso, tanto que ya se entregaban a la RAF
y a la Royal Navy entre 200 y 300 aviones al mes.
El ritmo de incorporación de
tripulantes, y en especial el de pilotos de caza, no aumentaba en la misma
proporción. En agosto de 1939 el supremo baranda del Arma de Caza (ellos decían
Fighter Command), Hugh Dowding, avisó de que se necesitarían no menos de mil
pilotos más de los que tenía para enfrentarse a la Luftwaffe si a Hitler le
daba por pasar de las musas al teatro, y que además se debería tener en cuenta
que un buen piloto de caza no se forma en dos días, precisamente. Meses antes de que Dowding dijera esto, un
tipo muy listo llamado Gerard ‘Pop’ d’Erlanger, moderadamente joven y a la
sazón alto ejecutivo de Imperial Airlines, pensó que si el déficit de pilotos
de combate ya era de preocupar, cuando empezaran los cañonazos la situación
sería inmanejable, porque de los válidos para pelear habría que detraer las
docenas necesarias para trasladar los nuevos aviones a las MU o Maintenance
Units, y de allí a las bases aéreas. En sentido inverso pasaría lo mismo, ya
que habría que llevar los averiados a las MU’s. El problema sería gravísimo,
aunque a él ya se le había ocurrido la solución: echar mano de los cientos de
pilotos que por diferentes causas no podían sentar plaza en la RAF. Muchos de
ellos eran veteranos de la Gran Guerra, que lo hicieron bien peleando a 100
Km/h pero eran demasiado mayores para luchar a más de 350; buena parte, además,
estaban mutilados, de una pierna o de un brazo, y además había cantidad de
tuertos y de miopes. Con esas taras no valían para pilotar en combate un
Spitfire o un Hurricane (hubo excepciones, pero ésa es otra historia), aunque
sí para moverlos desde las fábricas a las MU’s y de allí a las bases
operacionales. La idea se aprobó de inmediato. Pop se puso al frente de la
recién nacida organización. La llamaron ATA, por Air Transport Auxiliary,
aunque para los veteranos pilotos que decidieron incorporarse, ATA en realidad
significaba Ancient and Tattered Airmen, o Aviadores Ancianos y Andrajosos, en
el avieso sentido de estar hechos unos zorros.
En ese momento, días antes de que la paz saltara por lo aires, una treintona muy lista llamada Pauline Gower, piloto desde hacía varios años y con licencia comercial, se dijo que, si bien las mujeres jamás serían admitidas en la muy machista RAF para pilotar aviones de combate, lo que hacían las momias que reclutaba su íntimo enemigo Pop lo podrían hacer tanto ella como varias docenas de pilotas aficionadas que también contaban con licencia. La Gower no era una belleza, ni tampoco millonaria, pero era hija de parlamentarios y se movía con rara perfección tanto en el Parliament como en Whitehall.
Así, el 18 de septiembre, recién empezados los cañonazos, Sir Francis Shelmerdine, Director de Aviación Civil y supremo hacedor del ATA, convocó una conferencia donde se vieron las caras Pop, muy consciente de que aquello era una encerrona, y la Gower, con sus respectivos escuderos. Al término de la reunión, donde casi hubo más que palabras, se acordó que Miss Gower crearía una Women Section dentro del ATA, con lo cual se salió con la suya, pero no sin sangre: sus chicas no serían doce, como pretendía, sino ocho; no ganarían lo mismo que los pilotos machos, sino el 80%; vestirían el uniforme de las auxiliares de la RAF, todas de faldita y con prohibición expresa de usar pantalones; no deberían acreditar las 250 horas de vuelo de los pilotos machos, sino 500 y, por último, sólo se les permitiría tripular biplanos de entrenamiento, de carlingas abiertas; en cuanto a los Spitfires y los Hurricanes, que leches. La Gower, lista como el diablo, tragó, porque lo importante, meter la cabeza, lo conseguía. Lo demás vendría solo, con el tiempo.
Quince días después, en la base de Hatfield, al norte de Londres, un periodista bien aleccionado y una fotógrafa la mar de competente alumbraron un reportaje que causó sensación.
Las
ocho primeras pilotos del ATA, conocidas por ‘the first eight’
(las primeras ocho; llegaron a ser 166), resplandecientes en sus uniformes
cortados a medida en una sastrería de Regent St. llamada Austin Reed, donde
muchos de nosotros alguna vez nos hemos comprado una chaqueta de tweed (de
rebajas, obviamente), y abrigadas con magníficas gabardinas Burberry’s de lana
impermeabilizada, calzando unas estupendas botas de vuelo de legítimo cuero
escocés (si bien cualquier mujer en el UK podía conseguir su licencia de vuelo,
el precio medio de cada una de las sesenta horas de vuelo necesarias para
lograrlo rondaba las dos libras, mientras el salario medio de las mujeres
trabajadoras no pasaba de dos chelines al día; de ahí que las Attagirls,
sin apenas excepción, fueran de clases adineradas y por tanto sería inmoral
vestirlas de trapillo), posaron en diferentes ángulos y situaciones, siempre
bajo la mirada benevolente pero cien por cien británica de Miss Gower, en un
estilo mezcla de Boadicea y Lord Wellington.
La ciudadanía femenina británica
se volvió loca, rebosante del mejor de los orgullos, el que nace directamente
de las tripas. Si había que plantar cara a los hunos de la Luftwaffe, no sólo
lo harían los hombres, sino unas mujeres que sin la menor duda los tenían tan
bien puestos -los atributos aeronáuticos- como el mejor de los pilotos de la
RAF.
(continuará)




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