jueves, 19 de marzo de 2026

ECO.89 LAS RESPUESTAS QUE VIENEN

 Las respuestas que vienen, por José Luis Mozo

En el anterior número del ECO dejamos una pregunta en el aire “tras Venezuela ¿qué?”. No se puede criticar a Trump que no haya respondido rápido. Ahí está Irán.

Que la respuesta sea rápida le viene especialmente bien a los gobernantes de pueblos sin memoria, como ya dijo monsieur Mistler. Y en eso, desgraciadamente, tenemos un vasto curriculum. Paiporta y sus más de doscientos muertos tuvieron que esperar largo tiempo y que se filmaran algunas escenas de cama antes de aparecer en los juzgados. Pero Ademuz y sus más de cuarenta estaban demasiado próximos. Había que recuperar el método tan eficaz y utilizado del excremento gordo. Si hay heces tan infestas que claman justicia, basta con defecar copiosamente encima para que parezca que lo anterior no ha existido. Hubo algunos intentos torpes, como la residencia de Don Juan Carlos, cuando somos muchos a los que nos importa una higa donde more, pero al fin llegó, salvador, Irán y Ademuz ya pudo pasar al mismo archivo de expedientes donde están los incendios de los montes, los jueguecitos chapuceros para encender la luz del sol -dejándonos al borde de la noche eterna- y así hasta el tratamiento del Covid-19, cuyos errores, mentiras y víctimas ya quedaron olvidados.

Cuando se tienen conversaciones de paz y se va por la 6ª o 7ª ronda sin prisas, es porque no se quiere la paz. No sé cuánto habremos de esperar para la respuesta de Irán. Ni a lo que habrá que recurrir para que siga creciendo la pila de estiércol encima de lo que no interesa traer a la memoria. Pero sé que el asunto no se está viendo tan rápido como pretendían sus iniciadores. En el verano de 2014 apareció una novela ucrónica, “La Barca del Portugués”, que el tiempo fue convirtiendo buena parte en profética y que recomiendo que relean. Allí se prevé el enfrentamiento de los árabes extremistas contra Israel y se incita a todos a sumarse a la lucha. ¿Hasta cuándo? Hasta el final definitivo, el enemigo deberá ser exterminado. Es una lucha a muerte entre Israel y sus enemigos, que deja daños, palabrerías y esperanzas evanescentes a los no quieren la guerra, entre los que se encuentran también países musulmanes, porque ven en ella más perjuicio que beneficio.

Europa, la Europa occidental, ha llevado una vida confortable en el mundo de los dos amos que nació en 1946… y que va a morir a los ochenta años, a los que muchos soñadores desorientados aun consideran una edad juvenil. El paraguas protector de Estados Unidos se cierra. La Unión Europea, por la que los héroes del 68 apostamos con fe y entusiasmo, es un creciente fiasco donde cada cual sólo sabe ver su puchero. Y la esperanza, más bien ilusión, de que todos los males vienen de la mano de Trump, un personaje a fin de cuentas transitorio. Tras Trump -quieren pensar– todo volverá a su estado “normal”, ese estado que a España en concreto la llevó al mejor periodo social y económico de su historia a finales del siglo XX. Mejor harían sus demonizadores en preocuparse por qué consiguió una de las victorias más destacadas de su historia, con independencia de las discordancias que puedan darse en el sistema electoral estadounidense, las que de nuestra parte serían como el quiasmo de la paja y la viga, según el ojo al que le toque. Hacer números fáciles sobre porcentajes de votos individuales, en los que alcanzó el 50% -cifra alta pero no tan lejana a la de su oponente que pasó del 47%-, son festejos en los que se brinda al sol. Los estados pendulares, aquellos conocidos por el voto clave, se decidieron en buena parte por él. Y también los nuevos votantes –aunque sumen poco-, los judíos –lógico– y los sorprendentes católicos, que se volvieron hacia a él en buen número, a despecho de su controvertida política sobre la inmigración, que los afecta de lleno. Pero el punto más resolutivo, a mi modesto juicio, está en el desánimo que le cayó encima al tradicional votante demócrata durante la presidencia Biden. Desde la salida de Obama, ya son tres mandatos de caballo sin jinete. Y ahí, en las lumbreras del partido demócrata, tiene que estar la primera respuesta. Y que sea lúcida. Trump no es simplemente el diablo exterminador que Satanás ha enviado según sospechas difundidas. Es también y sobre todo, un creador de estilo. Trump pasará inevitablemente. Revisen la 22ª enmienda de su constitución. Pero su estilo podría echar raíces. Y perpetuarse.

¿Y Europa? ¿Terminar de deshacerse o tener que improvisar a toda máquina y en muy poco tiempo esa consolidación como potencia autónoma en la que ha perdido 40 años de relajo y mamandurria? De momento, sólo se oyen cifras aterradoras de lo que nos va a costar organizar nuestra defensa sin USA. Y no sé por qué aterran si son mentira. Las reales superan en mucho esos números inventados. La guerra, que consistía en matarse unos hombres de una nación contra los de otras, cambió a industria puntera durante la Gran Guerra, hace ya más de cien años. Tecnologías nuevas, que dejaban muy atrás la espada, la bayoneta o el caballo, irrumpieron con máquinas y armas de destrucción masiva, químicas en un principio. Parece que esas armas se han abaratado. ¿Cuánto cuesta un dron comparado con un superbombardero? ¿Y qué costaría pasear unos cuantos individuos por el mundo, contaminados por un covid mucho más mortífero que el 19? Parece que matar mucho se ha vuelto barato, porque no quieren sumar la enorme inversión, el enorme trabajo y tiempo que suponen estos medios asesinos y sus correspondientes antídotos, que no tardan en desarrollarse, con lo cual son necesarios volver a crear asesinos renovados y el ciclo nunca termina. Estas capacidades tecnológicas en los países punteros de Europa se encuentran a menos del 60% de China y Estados Unidos, los nuevos imperios. ¿Cuánto tardarán en ponerse a la par? Mi sensación es que nunca. Así que la respuesta, por parte de la Unión Europea, se encuentra requerida en un momento de especial demanda. Pueden afrontar el desafío de recuperar los años perdidos con un sacrificio enorme o pueden disolverse en sus provincianos y paletos nacionalismos –los que llevan en sus genes-, que resultará una fórmula ideal para que los nuevos imperios se los repartan. Y junto a estos dos, no me atrevo a excluir a Rusia, aunque esté a un nivel tecnológico claramente inferior, por su bien probada vocación imperialista, que también es genética y no le harán ascos a los sacrificios por muchos que sean los que esto les cueste.

Como toda norma tiene su excepción, hay un pequeño nacionalismo que sí aceptará el desafío. Israel alcanzará el futuro o perecerá intentándolo. Y eso Irán lo sabe.




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