miércoles, 29 de agosto de 2018

ECO.43 LA BOCA DEL INFIERNO


LA BOCA DEL INFIERNO, por Eva Sevilla Cervantes

Entraba la primavera tímidamente por Bocaoria, bañando de oro el basto pedregal que había por el camino desde La Azohía hasta el Campillo.

Tomas, como todas las mañanas, temprano, recorría ese sendero acompañado de su mula, muy bien pertrechada con serones de esparto a ambos lados, un zurrón con almuerzo y una bota de vino. Su bancal no estaba lejos; uno bien labrado, con higueras, olivos y almendros, envidia de los lugareños, que en verano daban buena cuenta de los higos. A Tomás no le molestaba, porque eran tantos los frutos que daban sus árboles, que hasta le venía bien una ayuda aunque fuera furtiva. En realidad, era una manera de compartir con los vecinos las riquezas de esta tierra y ellos, en silencio, acompañaban con la mirada a Tomás cada mañana, a las siete, con su mula Lucera camino de su bancal.

El cabezo panadero se iluminaba despacito y el sol arrollaba las laderas cubiertas de atochas. No faltaba mucho para llegar al bancal, pero Tomás no tenía prisa, se paraba a mirar los lentiscos. Si oía el canto delator de alguna perdiz, enseguida la localizaba, se deleitaba observando las amapolas y diferenciaba un bombus de una abeja solo por el zumbido.

El refrán ese que dice "todo el monte es orégano", pues... no; hay tomillo, romero, lavanda, hinojo y un sin fin de plantas que Tomás conocía de toda la vida, porque su abuelo las usaba como remedios para curar a las cabras, para los resfriados, colitis... El abuelo de Tomás no iba a la farmacia cuando se ponía malo, iba al monte. Tomás abrió la cerca y dio paso a la mula que fue directamente al aguadero del pozo, la alivió de carga y la dejó a sus anchas. Él se enjugó el sudor que le corría por la nariz y miró a su Lucera, ya vieja como él “¡Cuántos años juntos haciendo el mismo camino!” masculló a sus adentros y mirando al cielo, le dijo a su María, que en breve, marcharía con ella. ”Voy a sacar las cabras y a echarlas un rato al monte” chilló dirigiéndose a su Lucera.

Cogió el zurrón y la bota de vino, se ciñó el ala del sombrero, le echó mano al bastón de almendro y jaleó a las cabras para que salieran del corral “¡vamos, cabras!” y ladera arriba, por los senderos que abren los jabalíes con sus hociqueos nocturnos, caminó sin prisa pero sin pausa.

Al cabo de un par de horas consideró oportuno refugiarse del sol y liarse un pitillo, el medio día caía a plomo y no había sombra ni en los palmitos. Recordó que un poco más arriba había un saliente en la roca que daba entrada a una cueva a la que nunca había ido porque su abuelo, desde bien pequeño, le repetía que no se acercara, que era la boca del infierno y si entrabas ya no salías... Ya tenía unos añitos y superados los miedos infantiles, así que sería una tontería no aprovechar el frescor de aquel lugar. Buscó un camino apropiado para no despeñarse y enseguida vio la gruta que se abría tras unos arbustos. Se acomodó en la umbría, se lío un cigarrillo, le dio un tiento a su bota fresca y desayunó en la boca del infierno. Despertó sobresaltado al sentir la ausencia de sonidos. Todo estaba oscuro. A gatas, palpando el suelo intentaba recordar, ¿qué es esto? ¿Qué hago aquí? El olor a huevos podridos lo desconcertaba y el barro lo engullía.

Un balido apenas audible lo devolvió a la realidad, ¡su cabra! Eso era, la vio adentrarse en la cueva y cuando corrió a evitarlo, el suelo se desmoronó bajo sus pies y se hizo oscuro.

“¡Suena por allí!” Tomás siguió el sonido tanteando con manos y pies para no caer en un abismo peor. No buscaba la salida. Primero había que encontrar la cabra y rogaba a su María, que en gloria esté, que estuviera bien.

El balido se perdió. Tomás estiró el cuello y despacio giró la cabeza de un lado a otro a modo de radar hasta que, en la lejanía, percibió su rastro. “Era por ahí”, sonrió con una mueca invisible y caminó en esa dirección.

Las paredes de la cueva emanaban un aliento putrefacto que le impedía respirar con comodidad, estaba agotado, pero seguía adelante, hasta que, su pie encontró el vacío y cayó de espaldas sin poderlo evitar. Sus manos eran garras aferradas al barro que no lo sujetaba, sus piernas en lo alto, su cara congestionada y seguía cayendo. Se le hizo eterno. Exhausto se dejó llevar hacia su destino, decidió no luchar más. Su viejo corazón no estaba para estos trotes. Finalmente, paró de golpe sobre algo blando que estaba clavado en el fondo. Era su cabra hundida hasta el cuello. Pensó que estaba muerta. La palpó, la acarició cariñosamente y el animal reaccionó con un leve movimiento. ¡Estaba viva! Tomás la abrazó y lloró.

Se quedó recostado un rato tomando aire y buscó en su pecho a ese anciano corazón que sin sosiego se le quería salir por la boca. “¡Dame la mano, Tomás!” Oyó en su oído. “¡Dame la mano y levántate, ya has descansado bastante!”, “¡María, qué!” No daba crédito. Levantó un brazo y sintió como una fresca energía lo envolvía y lo ponía en pie. Tomás se incorporó y en lo negro vio a su María en el huerto, su Lucera, el pozo. Ella estaba con él. “¡Vámonos de aquí!”, gritó a la nada y la cabra, agotada le respondió con un balido apenas audible. La tomó con delicadeza y la puso alrededor de su cuello, respiró una buena cantidad de aire y camino hacia María que como un pequeño lucero a lo lejos, iluminaba el sendero de atochas de todas las mañanas, los pájaros, los vecinos... Y sobre una gran roca mojada se dejó vencer. Su cabra al lado. Sus ojos cerrados. El silencio.

Amanecía y en el muelle de la Azohía, los marineros de la almadraba se echaban a la mar. El jaleo y las bromas se mezclaban con la algarabía de un montón de gaviotas excitadas por la comida fácil..., cada mañana lo mismo, tras el bote de motor como sombras blancas en lo alto a la espera de un pez desechado. El copo, frente a los acantilados de la punta, bajo la torre, semejaba una maraña de redes sumergidas de la que surgían brillos fluidos en plata. Los marineros en la cubierta del barco grúa iniciaban el levantamiento y entonces, oyeron un balido. Sorprendidos miraron a las rocas de la costa y vieron una cabra, no tardaron en descubrir el perfil de Tomás boca abajo cubierto de barro. Yacía quieto. Los marineros soltaron la chalupa de la popa del barco y sin pérdida de tiempo llegaron al acantilado, el mar estaba quieto y Tomás ausente.

Algo fresco corría por la cara de Tomás, era agua. Abrió la boca y la buscó con la lengua embarrada, tragó tierra y tosió ahogado, lo incorporaron para evitar que se atragantara y fue cuando abrió los ojos y vio a María alejarse en una luz cegadora que poco a poco se vistió de nubes, mar y cielo y dejó paso a la erguida torre de Santa Elena que aún hoy, guarda en sus entrañas el secreto de la boca del infierno.

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