La Purísima y el Milagro de Mazarrón (VI), por Paco Acosta
(continuación)
Hasta aquí hemos recogido (directamente transcrito) las nueve declaraciones del Milagro de Mazarrón. Declaraciones juradas que fueron tomadas por la autoridad civil.
Y comentábamos que era sorprendente el que a los sacerdotes de Almazarrón, no les hubieran tomado declaración, a pesar del “carácter milagroso de los hechos que ahí se narran”. La explicación puede ser que el mayor interesado en este tema fue el Corregidor de Lorca, para conocer cómo una tan abundante partida de piratas berberiscos, había sorteado con tanta facilidad a la guardia de la costa (¿estaban en sus puestos esa madrugada?) y se había adentrado tierra adentro hasta llegar a las mismas puertas del municipio. Y son estas nueve declaraciones de los testigos, las que han perdurado oficialmente.
Por mi parte me imagino que los sacerdotes informarían “convenientemente” a la autoridad religiosa (al arcipreste, obispo y quizás más…). Y es sorprendente que no haya quedado constancia de este informe o documento; ni siquiera se mencione en ninguna parte que se produjera una inmediata respuesta de la superioridad religiosa. Tampoco es muy de extrañar, dada la tradicional lentitud con que la jerarquía religiosa estudia, comprueba y admite este tipo de situaciones milagrosas. Y eso que “según las declaraciones” quedaron bastantes “restos materiales” que podrían considerarse como “reliquias”… (los corporales con los que se secó el sudor de la imagen de la Virgen o incluso muestras del aceite que abundantemente desbordaba de la lámpara…).
Y no hay documentación al
respecto hasta 1696, cuando el sacerdote mazarronero Pedro Coquela, a instancia
de los frailes establecidos en la villa, fijó por primera vez la leyenda.
Leyenda que casi otro siglo después fue transformada y aumentada por el cronista
de la Orden fray Ginés García Alcaraz.
Fray Ginés García Alcaraz, lector de Teología, (del que desconozco sus fechas de nacimiento y fallecimiento), escribió “Las Chrónicas de la santa provincia de San Pedro de Alcántara, de religiosos menores, descalzos, de la más estrecha regular observancia, de N.S.P.S. Francisco, en los Reynos de Granada y Murcia”, que fueron publicadas en 1761 (no he encontrado una fecha concreta de su redacción), tras ser recopiladas por otro fraile franciscano Fr. Pedro Ramirez, predicador, ex-maestro de novicios y de ceremonias de la misma provincia (tal como se indica en la portada del libro que acompaña a este artículo).
Quiero recordar aquí que, cuando se escribieron estas Chrónicas, ya habían pasado casi dos siglos de la fecha del “Milagro de Mazarrón”…
En la segunda parte de las
crónicas, el capítulo XIII, tiene por título “Origen de la Iglesia de
Nuestra Señora de la Concepción de la villa de Almazarrón”. En él, tras
describir que Mazarrón tenía dos Parroquias - dedicadas a San Andrés y a San
Antonio-, narra (y a continuación transcribo directa y textualmente
esa narración, en la medida que soy capaz de hacerlo sin añadir ni quitar nada…)
su versión del Milagro de Mazarrón, tal como “se ha trasmitido a
lo largo del tiempo” por la zona, y como he dicho antes más de ciento
cincuenta años después del suceso:
“Demás de estas dos Iglesias, antes que tuviesse forma la Poblacion, se fundó otra Hermita muy pequeña en la espesura de un Romerál, por retirarla de los peligros, que en aquella Marina se experimentan de los Piratas de Berbería. En ella se colocó una Efigie de Ntra. Señora de la Concepcion, y creciendo la devocion á esta Sagrada Imagen, muy luego se instituyó Cofradía, para su culto, cuyo principio se ignora. Solo consta de los antiguos monumentos, que en sus libros se registran, estar fundada por el año de 1549, y que á expensas de la Cofradía, el año siguiente se fabricó Templo más capáz. Alentóse la Devocion á costear otra nueva Imagen de talla, en el Misterio mismo de la Immaculada Concepción, y no se halla individual noticia del Artifice, ni del año en que se hizo; aunque según el computo, fue su colocacion en aquel Templo desde el año de 1565, hasta el de 73.
Tiene esta Sagrada Efigie casi
una vara de estatura, de bien proporcionada simetría, el rostro muy hermoso,
aunque sin aquellas delicadezes del arte, que se practican en estos tiempos.
Colocó la Divina Providencia este Celestiál Paladión en aquella Villa, para
común asilo en sus aflicciones; pues muy desde luego inundó todo aquel País en
desatada lluvia de Milagros. Entre estos, tiene el primer lugar la libertad de
aquel pueblo de la esclavitud Sarracena, aun antes, que pudiessen afligirla los
sustos de rezelada. El año de 1563, ciertas Barcas de Cartagena apressaron una
Fragata de Moros, que incomodaban aquellas costas; y al desembarcar los
Cautivos, uno de los mas principales, llamado Mamí, tubo fortuna de huírse,
tirando la tierra adétro. El amor de la Patria lo traía por la Marina, en las
tinieblas de la noche, por ver si á las primeras luzes descubría alguna
Embarcacion paysana, en que assegurar su fortuna. Errante algunos dias por
aquellas maritimas orillas, le conduxo su desgracia al sitio que llaman el
Puerto de Piedra Malo, donde estaban de centinela dos vezinos de la
Villa, llamados Pedro Romero, y Juan de Valderrama. Luego que los Guardas
sintieron ruido, se empeñaron en descubrir el autor, y dando en su alcanze, á
corta distancia lo aprehendieron.
Conduxeron al Lugar el
fuxitivo Esclavo, y puesto en venta, no hubo quien quisiera arriesgar su dinero
en alhaja, facil de ausentarse, por aquellos Mares tan frequentados de las
Medias Lunas. Resolvieronse los Amos, á que Mamí sirviera á los dos por
semanas, experimentando en esta servíl alternativa muy diferente trato; porque
en Juan de Valderrama, dominaba la dulzura, y mansedumbre, y en Pedro Romero,
la fiereza y el desabrimiento. Pero Mamí, persuadido de su noble sangre, supo
manejar tan felizmente su desgracia, que enamorados de su porte, se le
aficionaron muchos de los Vezinos. Uno dellos, llamado Juan de Peñas, tenía un
hermano cautivo en Argél, y con intento de conseguirle libertad con la permuta
de este Moro, lo compró á sus dueños, en cinquenta ducados. Llevólo á su casa,
y agassajandolo mui bien, trató con él, le daría libertad, para que volviesse á
su Patria, si le daba palabra de remitirle á su cautivo hermano.
(continuará)
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